La hoja de la lechuga

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miércoles, septiembre 14, 2005

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 1


1. Jamás pediré socorro, mientras haya un libro
Acabo de regresar a casa después de estar en el Huerto Ruano, hoy, día uno de marzo, un rato más bien caliente, si tenemos en cuenta la temperatura, a la que no estamos acostumbrados, en la presentación de un nuevo libro que trata temas cercanos a nuestras procesiones de Semana Santa. Son ya días próximos al gran acontecimiento que se inicia el Viernes de Dolores. No he tenido tiempo de leer el libro –hay que hacerlo con sosiego por lo denso que se adivina– en el que seguramente hay un acercamiento y desmitificación de cuanto por tradición o leyenda –léase oídas– teníamos en nuestra cultura procesionil. No hay más remedio que agradecer a Domingo Munuera Rico, Manuel Muñoz Clares y Eduardo Sánchez Abadíe su esfuerzo lector de legajos antiguos que encierran secretos de los lorquinos de entonces, su sentido investigador, su afán por esclarecer con documentos lo que los legos en esta materia no alcanzaríamos a saber sin su afán intelectual de poner las cosas en su sitio, aunque su eclecticismo científico no esté al alcance sino de los que se ocupan de estos menesteres. Perspectivas de la Semana Santa es un libro que hay que leer a pequeñas dosis porque me parece tan serio, tan exigente, tan neutral, que se debe incorporar al fenómeno procesionil desde una óptica nueva, desde el sosiego de la lectura reflexiva. Por el Huerto Ruano desfilaron y conversaron los presidentes de los Pasos, las autoridades, los estudiosos, los interesados y los amigos de los autores del libro, que para eso nos llamamos así y, por eso, el que habla paga. Tengo plena seguridad de que los numerosos especialistas del fenómeno religioso tendrán en este libro una exégesis de cuanto es y supone el origen, desarrollo, transformación y adecuación a los tiempos actuales de Hermandades y Cofradías. Y, sin duda, será un libro a tener en cuenta desde su aparición en nuestra ciudad, lo que la hará punto de referencia.
Así que nada más propio para el nacimiento de una nueva cabecera de prensa en Lorca, incardinada en ese arco mediterráneo que es la información que trasciende y acerca el acontecer diario de esta ciudad y de otras a las que llegará de manera inmediata, que escribir de libros, porque, si algo llego a saber, lo aprendí en ellos y de ellos me sirvo para expresar cuanto he de devolver a la ciudad que me vio nacer, porque si no doy lo que tengo para qué me sirve; si escondo mi luz debajo de un celemín, ella sola se apagará. Es decir, lo que parece decir el que cantaba sólo digo mi cantar a quien conmigo va. Claro que he de adaptar mi mentalidad, acostumbrada al litoral mediterráneo, para que en lugar de ser tortuoso mi escrito, como una costa marina, la del otro lado de Cope, se haga curvilíneo, como el arco que esperaba aquella griega cuyo esposo anduvo de aventuras y quizá no se atrevía a regresar a su casa por si su cónyuge le atizaba con la badila del brasero, aunque, según dicen, por aquellos lares no hacía frío y siempre se andaba con el néctar y la ambrosía. ¿Qué hubiera podido pasar en el mundo heleno si entonces se hubiera conocido la Coca-Cola?
Y si con un libro me acuesto, con otro me levanto. Porque me he prometido acabar hoy –el día en el que escribo– otra bella publicación, de la que pienso hacer una reseña cuando la concluya, que me ha enviado desde París mi amigo Juan Pedro Quiñonero, lorquino de Totana, corresponsal en las Francias del ABC, diario madrileño. Se titula El caballero, la muñeca y el tesoro. ¿De qué trata? He de acabar de analizarlo, pero anticipo que es una fábula moral, según se lee en la contraportada. Seguro seguro que no ha llegado a las librerías de Lorca porque lo ha editado una editorial catalana que se enfrenta “al orden mercantil que trata de someter la literatura y el pensamiento a los criterios de éxito y rentabilidad”. Se llama Ediciones Áltera, de alteridad, es decir, “la pasión por la belleza y la verdad, por la literatura y el pensamiento”. Ya les diré. Y contaré cosas de este hombre que ha donado parte de su biblioteca a Lorca y por no sé qué entuertos todavía no ha llegado aquí y queda detenida en un áspero almacén polvoriento de una agencia de transportes de Almansa, a pesar de las innúmeras llamadas que se le hacen para que los envíe. Siempre, siempre, hay una voz cansina al otro lado del teléfono que, como si fuera un soneto, siempre responde que mañana los envía, para lo mismo responder mañana, y nunca llegan. Pero otro día contaré esa historia. Lo de hoy es celebrar que acabo de escribir mi primera hoja de lechuga para este periódico mientras estaba la pájara pinta sentadita en su verde limón y alguien tenía puesto su corazón debajo de la capa de Luis Candelas.