DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 2

2. De todo, un poco
La semana pasada no di una en el clavo. Me invitó Ángel con otros amigos al Rincón de los Valientes y no pude estar por un compromiso anterior. Tampoco pude participar del silencio del 11-M, ni acompañar a José Morlanes, fallecido en este mismo día, ni en una boda a la que estaba prevista mi asistencia. He estado retenido en cama por una inoportuna e insoportable gripe casi una semana. No me creas oculto para concluir mis tareas, que las voy sacando poco a poco, ni que esté con el rollo de las novelas que han llegado al Premio del Casino-Ayuntamiento de Lorca o preparando los PowerPoint para las conferenciantas del ciclo que tiene lugar en el Fondo Cultural Espín Mujeres lorquinas que hicieron historia diaria en el siglo XX. Ya ha concluido la primera parte en la que han actuado Rosalía Sala, Isabel García Amador, Sor María Jesús, monja clarisa, Juana Martínez Soriano, Ascensión Pérez-Castejón y María Teresa Campoy Camacho. Nula presencia juvenil. Aunque puedan parecer las batallas de la abuelita, en realidad es un recuerdo, un mostrar la realidad de una vida que fue la que nos tocó vivir y de la que se puede aprender. Así que espero nuevas caras los lunes entre el 4 de abril y el 2 de mayo. Y a otra cosa, mariposa. Mujeres de nuevo, en este caso azules, tres sin embargo, Alicia López, Carmen Menduiña y Ángela Chichoné, son las que han dado a luz un libro social –de acto de sociedad– sobre la Asociación de la Virgen de los Dolores, que supone una aportación más a la cultura Azul, al sentimiento Azul, que presentó días pasados Pedro Guerrero. Colean aún los comentarios sobre las Perspectivas… de las que di noticia la primera vez que me puse debajo de la hoja de la lechuga. Además de refrescarme en tiempo de agua –¡qué bella la nieve rodeando la ciudad, cuánta montaña nevada!–, he leído casi todo el texto. Es un ensayo, no un libro de divulgación, en el que se da carácter científico, es decir, hechos probados con documentos, del origen, desarrollo, evolución y actualidad de lo que fue hasta lo que es nuestra Semana Santa. Y, como al que cierne y amasa de “to” le pasa, unos han salido blancos y otros azules: cada uno lo ve desde su perspectiva y más de uno ha cogido enfado por un quítame allá esa nave, aquella puntada. Pero las aguas, como bajaban mansas, han acabado por volver a su cauce y cada mochuelo ojo avizor, no sea que alguno quede sin su olivo. Es un trabajo serio, científico, universitario, y como tal hay que verlo. Ahora comienza de nuevo el tiempo de las palomas y campearán por sus respetos sin darse cuenta de que los ciudadanos van a ponerse galas nuevas, de colores claros, para vivir la Semana Santa y esa eclosión de vida que es la nueva primavera que se anuncia friolera, mudable y encantadora como siempre. Tiene usted todo el derecho del mundo al decir tacos si su palomino cae sobre ese traje recién estrenado. Viejos papeles que no me sirven para nada, pero que tiro de tarde en tarde. Entre ellos, me ha aparecido un librito muy pequeño. Me lo regaló Jerónimo Angosto cuando tuve que pasarme unos días en el hospital. Me hizo una, creo que tímida, visita, departió conmigo y me dio el libro diminuto: El libro de la risa. En medio del dolor, su luz. Tiene ya diez años, es decir, ya sabe leer. Recoge una serie de dichos de gente más o menos conocida que, si no te provoca la risa, al menos te hace sonreír y es apropiado para los días grisáceos. Recojo un ejemplo: “Por fin soy periodista yo también y ya no me interesan los hechos” (Pat Buchanan). O este otro: “Mi abuelo era un hombre insignificante. En su entierro el coche fúnebre seguía a los otros coches” (Woody Allen). Humor muy inglés, muy ajeno al nuestro, que nos reímos –dicen– hasta de nuestra sombra, aunque yo pienso que de la sombra del otro. Quizá, lo mejor del libro sean las ilustraciones. Y pintura reciente la que expone Joaquín Castellar en el Salón de Baile del Casino. La pintura de Joaquín, bella como siempre. Las pinturas del Casino deterioradas. Ya hice un informe en su día a sus dirigentes para que buscasen el modo y medio de su restauración. Espero que se proceda mientras sea posible. Si esto continúa así, se perderá el penúltimo techo que queda de Cayuela, pues hay otro, pero en la sala de recuperación. No sé dónde me he enterado que Tana García Mínguez está acabando su tesis doctoral sobre –creo– las ilustraciones de algunas de las colecciones de novela corta de comienzos del siglo pasado. Estará preparada para septiembre y de ella me han hablado de modo favorable. Esperaremos. Son aportaciones a nuestra cultura que, si bien se internacionaliza, hay que recoger, no sea que con tanta globalización un día olvidemos nuestra raíces y sólo sepamos que el dinero ayuda a soportar la pobreza. Y, cuando el que aguante haya leído esta hoja de lechuga, ya habrá disfrutado de las primeras procesiones de nuestra Semana Santa, la Virgen Azul habrá leído sus Variaciones sobre un mismo dolor y Nuevos poemas azules y yo ya estaré en mi lugar de vacaciones lo más solitarias posibles.
La semana pasada no di una en el clavo. Me invitó Ángel con otros amigos al Rincón de los Valientes y no pude estar por un compromiso anterior. Tampoco pude participar del silencio del 11-M, ni acompañar a José Morlanes, fallecido en este mismo día, ni en una boda a la que estaba prevista mi asistencia. He estado retenido en cama por una inoportuna e insoportable gripe casi una semana. No me creas oculto para concluir mis tareas, que las voy sacando poco a poco, ni que esté con el rollo de las novelas que han llegado al Premio del Casino-Ayuntamiento de Lorca o preparando los PowerPoint para las conferenciantas del ciclo que tiene lugar en el Fondo Cultural Espín Mujeres lorquinas que hicieron historia diaria en el siglo XX. Ya ha concluido la primera parte en la que han actuado Rosalía Sala, Isabel García Amador, Sor María Jesús, monja clarisa, Juana Martínez Soriano, Ascensión Pérez-Castejón y María Teresa Campoy Camacho. Nula presencia juvenil. Aunque puedan parecer las batallas de la abuelita, en realidad es un recuerdo, un mostrar la realidad de una vida que fue la que nos tocó vivir y de la que se puede aprender. Así que espero nuevas caras los lunes entre el 4 de abril y el 2 de mayo. Y a otra cosa, mariposa. Mujeres de nuevo, en este caso azules, tres sin embargo, Alicia López, Carmen Menduiña y Ángela Chichoné, son las que han dado a luz un libro social –de acto de sociedad– sobre la Asociación de la Virgen de los Dolores, que supone una aportación más a la cultura Azul, al sentimiento Azul, que presentó días pasados Pedro Guerrero. Colean aún los comentarios sobre las Perspectivas… de las que di noticia la primera vez que me puse debajo de la hoja de la lechuga. Además de refrescarme en tiempo de agua –¡qué bella la nieve rodeando la ciudad, cuánta montaña nevada!–, he leído casi todo el texto. Es un ensayo, no un libro de divulgación, en el que se da carácter científico, es decir, hechos probados con documentos, del origen, desarrollo, evolución y actualidad de lo que fue hasta lo que es nuestra Semana Santa. Y, como al que cierne y amasa de “to” le pasa, unos han salido blancos y otros azules: cada uno lo ve desde su perspectiva y más de uno ha cogido enfado por un quítame allá esa nave, aquella puntada. Pero las aguas, como bajaban mansas, han acabado por volver a su cauce y cada mochuelo ojo avizor, no sea que alguno quede sin su olivo. Es un trabajo serio, científico, universitario, y como tal hay que verlo. Ahora comienza de nuevo el tiempo de las palomas y campearán por sus respetos sin darse cuenta de que los ciudadanos van a ponerse galas nuevas, de colores claros, para vivir la Semana Santa y esa eclosión de vida que es la nueva primavera que se anuncia friolera, mudable y encantadora como siempre. Tiene usted todo el derecho del mundo al decir tacos si su palomino cae sobre ese traje recién estrenado. Viejos papeles que no me sirven para nada, pero que tiro de tarde en tarde. Entre ellos, me ha aparecido un librito muy pequeño. Me lo regaló Jerónimo Angosto cuando tuve que pasarme unos días en el hospital. Me hizo una, creo que tímida, visita, departió conmigo y me dio el libro diminuto: El libro de la risa. En medio del dolor, su luz. Tiene ya diez años, es decir, ya sabe leer. Recoge una serie de dichos de gente más o menos conocida que, si no te provoca la risa, al menos te hace sonreír y es apropiado para los días grisáceos. Recojo un ejemplo: “Por fin soy periodista yo también y ya no me interesan los hechos” (Pat Buchanan). O este otro: “Mi abuelo era un hombre insignificante. En su entierro el coche fúnebre seguía a los otros coches” (Woody Allen). Humor muy inglés, muy ajeno al nuestro, que nos reímos –dicen– hasta de nuestra sombra, aunque yo pienso que de la sombra del otro. Quizá, lo mejor del libro sean las ilustraciones. Y pintura reciente la que expone Joaquín Castellar en el Salón de Baile del Casino. La pintura de Joaquín, bella como siempre. Las pinturas del Casino deterioradas. Ya hice un informe en su día a sus dirigentes para que buscasen el modo y medio de su restauración. Espero que se proceda mientras sea posible. Si esto continúa así, se perderá el penúltimo techo que queda de Cayuela, pues hay otro, pero en la sala de recuperación. No sé dónde me he enterado que Tana García Mínguez está acabando su tesis doctoral sobre –creo– las ilustraciones de algunas de las colecciones de novela corta de comienzos del siglo pasado. Estará preparada para septiembre y de ella me han hablado de modo favorable. Esperaremos. Son aportaciones a nuestra cultura que, si bien se internacionaliza, hay que recoger, no sea que con tanta globalización un día olvidemos nuestra raíces y sólo sepamos que el dinero ayuda a soportar la pobreza. Y, cuando el que aguante haya leído esta hoja de lechuga, ya habrá disfrutado de las primeras procesiones de nuestra Semana Santa, la Virgen Azul habrá leído sus Variaciones sobre un mismo dolor y Nuevos poemas azules y yo ya estaré en mi lugar de vacaciones lo más solitarias posibles.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home