DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 4

4. El Dios de la lluvia no ha llorado sobre Lorca en Semana Santa
Parece ser que el paréntesis con motivo de la Semana Santa, en el que he recobrado mi silencio mientras pensaba en azul, ha sido pródigo en hechos que pasarán a los anales de los Pasos. Lo mejor ha sido que las procesiones han salido, los turistas se han ido contentos y que todo ha funcionado según se había previsto. El Casino de Lorca es el que ha salido perdiendo porque se ha ido un socio que ha llenado una época y llevado a cabo iniciativas interesantes. Morlanes será recordado hasta que la muerte nos reúna en la otra vida, por un suponer. El problema queda ahora para sus directivos pues deben crear unas espectativas que son necesarias para el Casino, lugar de ocio, que debe ser eso y más. A trabajar, pues. Como trabaja incansable Juan Pedro Quiñonero, totanero él, que donó parte de su biblioteca al Ayuntamiento de esta ciudad y no acaba de llegar. El caballero, la muñeca y el tesoro es su última novela, de la que ya di cuenta la primera vez que escribí debajo de la hoja de la lechuga. La he leído dos veces para informar mejor, pero otra vez será. Hoy sólo voy a hacerles llegar unas palabras suyas, en las que manifiesta su intención: Buscar un estilo que luche contra la basura “literaria” que se vende en los supermercados. Inventar personajes de ilusión para combatir la tiranía de la “actualidad”, la historia y el mal gusto. Reafirmar la experiencia del proscrito que aspira a revocar la historia e inventar un mundo nuevo, que pasa por la cultura. Crear seres imaginarios, a semejanza de Arturo o el Cid, los héroes de tantas novelas y películas, condenados al destierro, para combatir a su lado contra las cosas desalmadas de la técnica y la tiranía de los Titanes jünguerianos. Intentar ayudar a los últimos libres, proponiéndoles el programa de Lawrence (el de Los Siete pilares): “Hay dos clases de hombres. Unos sueñan, y cuando despiertan creen que todo fue un sueño. Hay otros que sueñan despiertos. Y estos son los más peligrosos. Porque son capaces de hacer realidad sus sueños”. No tiene desperdicio su programa: http://www.unatemporadaenelinfierno.blogs.com/ es la página web a consultar para saber más sobre el personaje y su cruzada. De nada. Ya se ha empezado a indagar sobre la hoja de la lechuga. Fijo que de la canción infantil el corro de la hoja de la lechuga no procede el título genérico de estos artículos, ni obviamente del precio que tiene –la lecguga, no el artículo–, sino de una copla cuyo título pronto desvelaré, es decir, cuando encuentre la cinta –en ella estaba– con la que me obsequió Helga Hediger, a la que deseo su regreso a la dirección de AEPE porque, sin ella, es otra cosa. Por lo menos es una amiga de Lorca en Münchenstein (Suiza) con la que nos vemos Carmen y yo una vez al año, desde que celebraron aquí su congreso, en la ciudad española que eligen. Este año será Valladolid, el anterior Segovia. En Alcalá de Henares no estuve. Ahora vamos por lo del Quijote. Antes se nos obligaba a leerlo y eso parecía mal, por lo que la lectura de los clásicos se sustituyó por la llamada literatura infantil. Ahora se hace una ruta por los lugares cervantinos y de paso se compra un Quijote que, si vale un euro, tiene la letra muy pequeña. Así que, también en Lorca, tenemos un sugestivo programa de actos en torno al caballero de la triste figura que comenzará dentro de casi nada, es decir, a comienzo de abril, el de las aguas mil, por lo que habré de buscarme cobijo más seguro que el de una lechuga, si el Dios de la lluvia decide llorar sobre Lorca en el mes que aparece tras la última hoja… de marzo. Entre el sí y el no, indeciso he estado y remolón en la elección, porque, tras casi dos meses de no quitarme las lanas, tenía que buscar un nuevo peluquero: mi desdichado Juan ha sufrido un accidente que lo va a tener en el dique seco al menos seis meses. Me cuesta tanto cambiar de peluquero como mudar de Dios, que a este ya estoy acostumbrado. Al menos ya sabía –Juan, no Dios– lo que tenía que hacer conmigo. No echarme mucha agua al pelo porque soy de secano. Pero con el nuevo tampoco me va mal, porque tiene otros detalles y un cabello llamativo. Como la primavera recién levantada, desperezándose. Así que, encantado con los días que me va concediendo la clepsidra, me siento ufano de ver cómo casi voy cumpliendo con mis compromisos. A ello me anima saber que la hoja de mi lechuga ha lugar en un rincón cultural.
Parece ser que el paréntesis con motivo de la Semana Santa, en el que he recobrado mi silencio mientras pensaba en azul, ha sido pródigo en hechos que pasarán a los anales de los Pasos. Lo mejor ha sido que las procesiones han salido, los turistas se han ido contentos y que todo ha funcionado según se había previsto. El Casino de Lorca es el que ha salido perdiendo porque se ha ido un socio que ha llenado una época y llevado a cabo iniciativas interesantes. Morlanes será recordado hasta que la muerte nos reúna en la otra vida, por un suponer. El problema queda ahora para sus directivos pues deben crear unas espectativas que son necesarias para el Casino, lugar de ocio, que debe ser eso y más. A trabajar, pues. Como trabaja incansable Juan Pedro Quiñonero, totanero él, que donó parte de su biblioteca al Ayuntamiento de esta ciudad y no acaba de llegar. El caballero, la muñeca y el tesoro es su última novela, de la que ya di cuenta la primera vez que escribí debajo de la hoja de la lechuga. La he leído dos veces para informar mejor, pero otra vez será. Hoy sólo voy a hacerles llegar unas palabras suyas, en las que manifiesta su intención: Buscar un estilo que luche contra la basura “literaria” que se vende en los supermercados. Inventar personajes de ilusión para combatir la tiranía de la “actualidad”, la historia y el mal gusto. Reafirmar la experiencia del proscrito que aspira a revocar la historia e inventar un mundo nuevo, que pasa por la cultura. Crear seres imaginarios, a semejanza de Arturo o el Cid, los héroes de tantas novelas y películas, condenados al destierro, para combatir a su lado contra las cosas desalmadas de la técnica y la tiranía de los Titanes jünguerianos. Intentar ayudar a los últimos libres, proponiéndoles el programa de Lawrence (el de Los Siete pilares): “Hay dos clases de hombres. Unos sueñan, y cuando despiertan creen que todo fue un sueño. Hay otros que sueñan despiertos. Y estos son los más peligrosos. Porque son capaces de hacer realidad sus sueños”. No tiene desperdicio su programa: http://www.unatemporadaenelinfierno.blogs.com/ es la página web a consultar para saber más sobre el personaje y su cruzada. De nada. Ya se ha empezado a indagar sobre la hoja de la lechuga. Fijo que de la canción infantil el corro de la hoja de la lechuga no procede el título genérico de estos artículos, ni obviamente del precio que tiene –la lecguga, no el artículo–, sino de una copla cuyo título pronto desvelaré, es decir, cuando encuentre la cinta –en ella estaba– con la que me obsequió Helga Hediger, a la que deseo su regreso a la dirección de AEPE porque, sin ella, es otra cosa. Por lo menos es una amiga de Lorca en Münchenstein (Suiza) con la que nos vemos Carmen y yo una vez al año, desde que celebraron aquí su congreso, en la ciudad española que eligen. Este año será Valladolid, el anterior Segovia. En Alcalá de Henares no estuve. Ahora vamos por lo del Quijote. Antes se nos obligaba a leerlo y eso parecía mal, por lo que la lectura de los clásicos se sustituyó por la llamada literatura infantil. Ahora se hace una ruta por los lugares cervantinos y de paso se compra un Quijote que, si vale un euro, tiene la letra muy pequeña. Así que, también en Lorca, tenemos un sugestivo programa de actos en torno al caballero de la triste figura que comenzará dentro de casi nada, es decir, a comienzo de abril, el de las aguas mil, por lo que habré de buscarme cobijo más seguro que el de una lechuga, si el Dios de la lluvia decide llorar sobre Lorca en el mes que aparece tras la última hoja… de marzo. Entre el sí y el no, indeciso he estado y remolón en la elección, porque, tras casi dos meses de no quitarme las lanas, tenía que buscar un nuevo peluquero: mi desdichado Juan ha sufrido un accidente que lo va a tener en el dique seco al menos seis meses. Me cuesta tanto cambiar de peluquero como mudar de Dios, que a este ya estoy acostumbrado. Al menos ya sabía –Juan, no Dios– lo que tenía que hacer conmigo. No echarme mucha agua al pelo porque soy de secano. Pero con el nuevo tampoco me va mal, porque tiene otros detalles y un cabello llamativo. Como la primavera recién levantada, desperezándose. Así que, encantado con los días que me va concediendo la clepsidra, me siento ufano de ver cómo casi voy cumpliendo con mis compromisos. A ello me anima saber que la hoja de mi lechuga ha lugar en un rincón cultural.

1 Comments:
Jose Luis.. Tu siempre, tan atento. ¿Como van los homenajes???
Tienes que poner en tu plantilla la opción para que no te entren comentarios intempestivos de 'robots'americanos...
Saludos,
JPQ
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