La hoja de la lechuga

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jueves, octubre 27, 2005

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 5


5. El adolescente arrasado por sí mismo
Supongo que habréis prestado atención a esta historia. Tenía dieciséis años e iba a completar un historial absurdo que hubiera pesado más que la mochila en la que llevaba los libros. Y, lo peor, es que no sabía lo que estaba haciendo ni por qué ha partido su vida en dos. Cuando ejercía, concluso ya mi camino entre la enseñanza autoritaria y la permisiva, aprendí que detrás de cada problema escolar había una situación familiar conflictiva, quizá afectiva, y por ende un problema social. Pero aún no habían llegado estas tragedias adolescentes. Podía haber sido hijo de alguno de nosotros. Claro que, como ha pasado en América, y nos cae un poco lejos, pensamos que nunca llegarán a nosotros estos sinsentidos. Pobre abuelo. Posiblemente era su nieto preferido o simplemente su nieto. Desde ahora no vivirá porque el chico ha decidido hacer un disparate. Bien es verdad que, privado del nieto, el abuelo sufriría. Pero también lo es que él perdería la compañía del viejo al que, por viejo, o por gruñón, o porque simplemente le reconvenía, o porque no tenía tiempo, o por vaya usted, había que quitar de en medio. Bien es verdad que, tal como está la cosa, puede pasar aquí y/o ahora. Esta lechuga la tengo amarga. ¿Dónde descansaría ahora su mirada? ¿Cómo se autojustificaría para resistir lo que le iba a venir encima y poder reconstruir una vida de sólo dieciséis años? Ni siquiera es odio. Quizá se haya creído Hitler. No es eso. Aunque lo sea. No funciona el chico porque todo le es dado, se le protege con exceso, se le evita que conozca el proceso entre el tener y no tener, entre el sí y el no. No se le enseña que cada cosa tiene un precio y un costo. Y que sólo llega lo bueno antes para los de siempre que para los que sólo luchan por mal vivir. Y que por alterar eso y hacer que la riqueza sea mejor distribuida merece la pena luchar dentro de las reglas del juego. O quizá se haya sentido discriminado, desposeído, un pobre perro sin lechuga sobre la que levantar la pata y mear. Entre lo autoritario y lo permisivo hay un espacio que debe ser recorrido con sentido social, con sentido de responsabilidad, con sentido moral. Por eso, además de que se le deben prestar a los ciudadanos, más a los desprotegidos, todos los recursos de la administración, no hay que vaciar una mente de valores morales y sociales, invocando la libertad, la laicidad y otras narices. Porque todo eso lo programamos, analizamos y ejercemos desde la adultez, pero estos pobres chicos lo recogen sin tener la misma formación que los que lo hemos pedido y regulado como si fuera la panacea a la que habíamos de llegar. Y de eso todos somos responsables: por acción o por omisión. Hasta yo soy responsable que estaba en Calabardina en busca de combustible interior. Hay que rearmar a esta juventud desvalorizada y sin muchas expectativas, educada para el consumo inmediato y sin otro sentido; hay que formarla moral, ética, social y estéticamente para que sepa el mundo que se va a encontrar y la responsabilidad que debe asumir. Tenemos que fomentar la formación individual, el que se sepa darle sentido a la vida, no a considerarla como si te la fueran a restituir de perderla. Tenemos que hacer que amen la vida sin meterlos en la nuestra, que no les gusta, mientras se les deja en una libertad que se han ganado con su propia formación. Sin citar otros valores superiores que ahora no son norma de uso quizá por su inadecuación a esta vida que no es la tradicional. No es esta lechuga un alegato con moraleja para nadie. Es simplemente la constatación de que excesos sin sentido como se conocen diariamente, en los que parece que la vida es lo que menos valor tiene, deben ser erradicados. Tanta violencia sólo engendra tanta violencia. Y que tan reprobable es un hecho contra una comunidad como contra un individuo. El vacío no debe ser el bagaje que un adolescente posea para caminar por la vida insolidaria de siempre, aunque ahora se nota más. Al menos, me queda una hoja de lechuga para ponerme a salvo. Otros ni la tienen, ni saben buscarla. El día veintidós de marzo, en el que tuvo lugar este hecho, en el que perdieron la vida unos seres que no estaban en ese rollo, es uno de los que no deben llegar nunca al calendario. Tan es así, que no tenía previsto este artículo para ser publicado como lechuga. Pero la actualidad se impone, aunque un semanario la pierde en ocasiones como esta, y no me parecía impropio de mi lechuga opinar desde la tristeza porque un ciudadano del mundo, adolescente, autista quizá por estar sólo dentro de sí y no abrirse y comunicarse a los demás, o por las circunstancias que no conozco y que vaya usted a saber las que son, todas injustificales, ha acabado con la vida de su abuelo, de otros adultos que esperaban tener un día tranquilo, y con la de otros compañeros escolares, porque el Hitler de turno, según le nombran, quizá se haya considerado un dios pagano capaz de disponer de la vida de los demás como si fuera la suya que, por lo visto, para él no valía nada. Y por eso se la quitó también, salió de la vida por la puerta falsa.