DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 6
6. ¿A cómo se paga el folio de anuncio? ¿cuánto cuesta el folio de artículo? Ha proliferado hasta más allá del completo –overbucking– la prensa gratuita, desde la diaria hasta la mensual, incluida esta en la que escribo. Le he preguntado a Luis Mariano: ¿es esto un chollo o rebajas de invierno? E insinuante, quizá lascivo, me contesta muy al estilo armario: no sé por qué ha sido. Eso será la primavera, le contesto colérico. Y el muy bribón sigue en su cabriola: gardenias para ti traigo yo. Y para no irme con él a su rincón de la Alhambra, me la sigo machacando –la cabeza– y me retiro a mi lugar para analizar el fenómeno. Ha aparecido una Línea nueva, un Faro nuevo, un Mundo nuevo –falta haría–, y eso en cuatro días, y todos comen teóricamente del mismo pesebre. (El ángel de la mala leche sonríe, ladino, y se frota las manos porque ya ha visto una mecha encendida). Cuando digo pesebre, me refiero al mundo de la publicidad, sostenido a su vez por el mundo inmobiliario o por un mundo imaginario. (El ángel de la cosa inicia una breve retirada y me promete una nueva subversión). Si es cierto que casi todos estos periódicos casi sin línea editorial, casi sin contenido correcto, escritos casi desde el ombligo de cada uno de los neoperiodistas de afición, como el que se inspira debajo de la hoja de la lechuga y así no me confunde nadie, se nutren de la publicidad, es la que los llena y por ello el anuncio vale más que un artículo, se me ocurren dos preguntas: ¿qué vale un anuncio? ¿cuánto cuesta un artículo? (El ángel filólogo se carcajea, toma ya, y se hace daño en la entrepierna por hacer ese gesto a lo Moreno). Si para que un periódico se pueda sostener, el ejemplar debe salir ya gratis de la imprenta, y su pequeño costo quizá se deba al aumento del transporte por el aumento del combustible, ¿por qué no se organiza un buen periódico gratuito? (El ángel alcohólico se chotea: tienen que recogerlo en los bares). Claro que no sé si porque todo el personal se concentra en los tabernáculos paganos o porque, como el periódico es gratuito que lo paga la publicidad, que lo paga la inmobiliaria, que lo paga el dueño de la urbanización o del piso o de la parcela (y por donde va pasando va dejando dinero), da igual dónde se deje, tire o vaya usted a saber. Y otra cosa: el noventa por ciento de lo que en él se escribe no interesa. Y eso que los hay con vocación de información nacional, regional o local, de este, ese o aquel grupo prisasensio o vaya usted. Es así que eso es así, luego escribo porque me gusta leerme. Llegado a este punto del conflicto llamo a mi Arco para que me devuelva mi identidad perdida. No se puede poner la jefa que está de gestión. Estar de gestión es como decía el Lobo, nos vamos a la pub. Así que nos quedamos sin Lobo y nos ha crecido la Pub, hasta llegar a este galimatías que espero dure lo que dura un sueño. Por favor, me acaricia una voz estilo grandes almacenes, Sr. Lechuga, pase por dirección. Allí está: lo que dure un sueño no, lo que dure escribir su artículo, que para eso le pago. Si el café hubiera sido de máquina y me lo hubiera servido una rubia desportillada, me hubiera sentido periodista américano del tópico periodista americano. No, señorita, el café de máquina me produce dolor de estómago y he de correr al aliviadero. Pues deje de pensar y escriba. Si quiere que la gente sepa de JPQ, de la diferencia existente entre un libro social (el que se presenta en un acto de sociedad) y un libro intelectual, si quiere usted desarrollar esa ironía de casino con la que usted escribe, siga usted que a nadie importa lo que escriba usted, ni siquiera a la Pub. Ella escribe anuncios. Si quiere usted destacar, desarrolle la mala leche, calumnie si es que puede, hable mal del Real Madrid, y eso que ya está de moda pasada, y será usted un periodista que escriba anuncios, es decir, que gane dinero. Ella se lo perdió. Se me fue la cabeza. Me hubiera gustado escupirle en el maquillaje. Pero ya estaba fuera de la escena. Así que le pegué fuego al papel del periódico, al periódico de papel, a la cántara del agua, a la constitución del 12 y al sursum corda, como se decía antes de la penúltima transición sin saber qué significaba tamaño latinajo. Y me olvidé de pensar que tenía que pensar en este fenómeno que a mí ni fu ni fa porque yo no me juego mi dinero ni en las quinielas. Así que, cada uno haga su periódico, désele señas de identidad, póngasele cosa de interés, regálesenos, que al menos los jubilados no tendremos necesidad de acercarnos a la biblioteca para tratar de leerlos mientras soportamos las impertinencias de los jóvenes capullos en flor por las que han tenido que poner vigilantes privados en la biblioteca pública, no por los. Al menos eso es lo que he entendido de todo este discurso. Porque bien es verdad que si esto lo hubiera pensado alguno de los jóvenes de las impertinencias, algunos de los jóvenes no hubieran cometidos las impertinencias y no hubiera habido necesidad de poner vigilantes privados en una biblioteca pública. Así que, a leer periódicos, aunque sean gratuitos.

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