DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 9

9. De la lechuga hiperbreve a Don Quijote
“Cuando entró en el salón, conocí su mirada aviesa. Sin duda alguna debía haber ensayado ese modo de mirar sin ver en otros tantos espejos que le devolvían las cicatrices que le surcaban el rostro, producidas, sin duda alguna, por los arañazos de la vida. Aquí una gata, allá otras felinas. Las vampiresas de boca gesticulante le habían llenado el hígado de alcohol y vaciado el candor de sus ojos, si es que alguna vez lo tuvo. Creo que, cuando su madre lo miró por primera vez al fondo de los ojos, se asustó un poco, pero se consoló diciendo no viviré para ver esta nada tan fría. Pero tuvo que cumplir casi toda su biografía para llegar a ser lo que ya no es. La mayoría de las cosas que le pasaron a lo ancho de su vida y a lo largo de su existencia controlada se debió a su pasión por ser gallo y cantar siempre a destiempo y, como ya se sabe, en corral ajeno. Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz, decía, pero a mí me duele el estómago y a ellos no, así que no hay progresión adecuada para un ser como yo. Por eso, no tengo ni sombra ni pasado, pero no lo digas que esa es mi leyenda y por ello aún no han acabado conmigo. Pasaba fiebre, se llenaba de irracionales razones porque, habiendo conculcado el mandamiento único que se ha de respetar, no te amargues la vida, que bastante tiene vivirla, le corroía la conciencia el saber que, ni aun habiendo llegado hasta ahí, el límite del bosque que te tapa el árbol, había solucionado nada, ni su problema, aunque, sin embargo, había yodado con jota, es decir, jodido, a todo el que tenía que padecer sus incongruencias. Pero no siempre fue así. Antes, al menos, no. Después es obvio que sí. Porque ni siquiera copió el gesto del simpático cuatrero de gesticular con las comisuras, como tampoco aprendió a sujetar la colilla con desarraigo, pero con un no sé qué matón. Así que, cuando le vi aparecer, supe con claridad que esa noche me tocaría llevarlo a su casa donde su madre, una de esas madres amparadoras de todo, ocultadoras de todo, protectoras de todo, que esperan, porque así lo desean, que un día, por arte de bilibirloque, se solucione todo, preguntaría que de dónde vienen los niños que nunca saben hacerse mayores. Porque, me dijo un día, los culpables son ellos, los demás. Y entre ese ellos estaba yo, ya que, en una ocasión, cuando el bar Comentarios se puso de moda, esperó inútilmente que lo colocara como factotum, porque no lo llamé. Él tenía eso guardado en el intestino delgado, pero su madre en la escasa memoria que le quedaba. Fui un desafecto porque le dije que estudiara francés para que pudiese, en el país vecino, dedicarse a hacer palomas, cosa que los autores de la Marsellesa no sabían hacer. E incluso, si quería hacerla con miel, le regalaba la fórmula, a pesar de ser un secreto escrupulosamente guardado por mi familia ab illo tempore, que es lo mismo que decir una burrada de años. Sus últimas palabras la última vez que lo vi fueron: “Peter Pan no nos salvará”. Y desapareció de la lontananza que podía ver desde mi lugar, siempre a la puerta del negocio, porque sólo el ojo del amo engorda la ración de vista”. Con este relato hiperbreve ganó el premio Urbano Manero. Y el puñetero amigo, como no tiene lugar en el que publicar su éxitos literarios, me pidió un día de estos que se lo pusiera en la hoja de la lechuga y yo lo hago así porque me ahorro de escribirla entera. Así lo efectúo, en la confianza de que Gloria y Gertrudis transijan, aunque tampoco lo jaleen. Espero que poco a poco vaya aumentando la inutilidad de la sorpresa y que la lechuga crezca, aunque no quiero que me den la sal de la gracia porque el médico me la tiene prohibida y vamos a ir en contra de la lealtad de la palabra en días tan críticos como el de hoy. Y es que cuando salga esta lechuga del lechugar ya estaremos en mayo y las cosas, por el tiempo trancurrido, habrán variado por las perspectivas que dan la reflexión y el olvido. Pero siempre habrá algo, un algo, que será verdad aun dentro de la mentira que representa la globalidad en la que se haya. Así que todos y cada uno tenemos una posición distinta por lo que esa cosa verdad la vemos de modo diferente, sin que la verdad de cada uno haga una verdad completa. Por ejemplo, el Quijote. ¿Hay que leer el Quijote o hay que leer? Si la lectura del Quijote hace que continúe la lectura de otros libros, pues qué bien. En caso contrario debemos inventar un día del Quijote que sea eterno, que dure toda la vida. Pero, como no es así, cuando leáis el Quijote, os recomiendo que leáis también Al morir Don Quijote, de Andrés Trapiello. En la lectura pública del veintidós del pasado, me tocó leer un trozo del tercer capítulo. El capítulo III del Quijote de Trapiello se inicia así: “Al morir don Quijote el pueblo comenzaba a despertarse y no se oía ni una voz, ni unos pasos, ni los cascos de las caballerías sobre las piedras, ni el atropellado menudeo de las pezuñas de las cabras, como caireles. Nada. Sólo los gallos. Y algún perro”. Ni el nacimiento de una hoja de lechuga, añado yo. Pero, en verdad, es que no era lunes, y el Arco descansaba en el Mediterráneo de Calabardina, en el que llevo ya unos días para ver si como menos y adelgazo unos gramos de los diez kilos que me ha ordenado el médico que pierda y no sé cómo. Quizá con hojas de lechuga.
“Cuando entró en el salón, conocí su mirada aviesa. Sin duda alguna debía haber ensayado ese modo de mirar sin ver en otros tantos espejos que le devolvían las cicatrices que le surcaban el rostro, producidas, sin duda alguna, por los arañazos de la vida. Aquí una gata, allá otras felinas. Las vampiresas de boca gesticulante le habían llenado el hígado de alcohol y vaciado el candor de sus ojos, si es que alguna vez lo tuvo. Creo que, cuando su madre lo miró por primera vez al fondo de los ojos, se asustó un poco, pero se consoló diciendo no viviré para ver esta nada tan fría. Pero tuvo que cumplir casi toda su biografía para llegar a ser lo que ya no es. La mayoría de las cosas que le pasaron a lo ancho de su vida y a lo largo de su existencia controlada se debió a su pasión por ser gallo y cantar siempre a destiempo y, como ya se sabe, en corral ajeno. Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz, decía, pero a mí me duele el estómago y a ellos no, así que no hay progresión adecuada para un ser como yo. Por eso, no tengo ni sombra ni pasado, pero no lo digas que esa es mi leyenda y por ello aún no han acabado conmigo. Pasaba fiebre, se llenaba de irracionales razones porque, habiendo conculcado el mandamiento único que se ha de respetar, no te amargues la vida, que bastante tiene vivirla, le corroía la conciencia el saber que, ni aun habiendo llegado hasta ahí, el límite del bosque que te tapa el árbol, había solucionado nada, ni su problema, aunque, sin embargo, había yodado con jota, es decir, jodido, a todo el que tenía que padecer sus incongruencias. Pero no siempre fue así. Antes, al menos, no. Después es obvio que sí. Porque ni siquiera copió el gesto del simpático cuatrero de gesticular con las comisuras, como tampoco aprendió a sujetar la colilla con desarraigo, pero con un no sé qué matón. Así que, cuando le vi aparecer, supe con claridad que esa noche me tocaría llevarlo a su casa donde su madre, una de esas madres amparadoras de todo, ocultadoras de todo, protectoras de todo, que esperan, porque así lo desean, que un día, por arte de bilibirloque, se solucione todo, preguntaría que de dónde vienen los niños que nunca saben hacerse mayores. Porque, me dijo un día, los culpables son ellos, los demás. Y entre ese ellos estaba yo, ya que, en una ocasión, cuando el bar Comentarios se puso de moda, esperó inútilmente que lo colocara como factotum, porque no lo llamé. Él tenía eso guardado en el intestino delgado, pero su madre en la escasa memoria que le quedaba. Fui un desafecto porque le dije que estudiara francés para que pudiese, en el país vecino, dedicarse a hacer palomas, cosa que los autores de la Marsellesa no sabían hacer. E incluso, si quería hacerla con miel, le regalaba la fórmula, a pesar de ser un secreto escrupulosamente guardado por mi familia ab illo tempore, que es lo mismo que decir una burrada de años. Sus últimas palabras la última vez que lo vi fueron: “Peter Pan no nos salvará”. Y desapareció de la lontananza que podía ver desde mi lugar, siempre a la puerta del negocio, porque sólo el ojo del amo engorda la ración de vista”. Con este relato hiperbreve ganó el premio Urbano Manero. Y el puñetero amigo, como no tiene lugar en el que publicar su éxitos literarios, me pidió un día de estos que se lo pusiera en la hoja de la lechuga y yo lo hago así porque me ahorro de escribirla entera. Así lo efectúo, en la confianza de que Gloria y Gertrudis transijan, aunque tampoco lo jaleen. Espero que poco a poco vaya aumentando la inutilidad de la sorpresa y que la lechuga crezca, aunque no quiero que me den la sal de la gracia porque el médico me la tiene prohibida y vamos a ir en contra de la lealtad de la palabra en días tan críticos como el de hoy. Y es que cuando salga esta lechuga del lechugar ya estaremos en mayo y las cosas, por el tiempo trancurrido, habrán variado por las perspectivas que dan la reflexión y el olvido. Pero siempre habrá algo, un algo, que será verdad aun dentro de la mentira que representa la globalidad en la que se haya. Así que todos y cada uno tenemos una posición distinta por lo que esa cosa verdad la vemos de modo diferente, sin que la verdad de cada uno haga una verdad completa. Por ejemplo, el Quijote. ¿Hay que leer el Quijote o hay que leer? Si la lectura del Quijote hace que continúe la lectura de otros libros, pues qué bien. En caso contrario debemos inventar un día del Quijote que sea eterno, que dure toda la vida. Pero, como no es así, cuando leáis el Quijote, os recomiendo que leáis también Al morir Don Quijote, de Andrés Trapiello. En la lectura pública del veintidós del pasado, me tocó leer un trozo del tercer capítulo. El capítulo III del Quijote de Trapiello se inicia así: “Al morir don Quijote el pueblo comenzaba a despertarse y no se oía ni una voz, ni unos pasos, ni los cascos de las caballerías sobre las piedras, ni el atropellado menudeo de las pezuñas de las cabras, como caireles. Nada. Sólo los gallos. Y algún perro”. Ni el nacimiento de una hoja de lechuga, añado yo. Pero, en verdad, es que no era lunes, y el Arco descansaba en el Mediterráneo de Calabardina, en el que llevo ya unos días para ver si como menos y adelgazo unos gramos de los diez kilos que me ha ordenado el médico que pierda y no sé cómo. Quizá con hojas de lechuga.

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