DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 12

12. Las “Casas Baratas”, casi cincuenta años después
Sin ser acto social, hasta lo fue. Estábamos los justos. Leoncio Collado quien, como uno más, sólo iba a comer y beber con moderación. Pepe Murcia, que se puso, en un momento, reivindicativo, con la euforia del impotente cuando no puede realizar lo que cree justo. Sixto, sin ejercer, en este acto, de presidente de la Asociación de Vecinos de esa barriada, pero siendo el factotum. Otros más, como el que esto escribe, mi hermano Juan Antonio, que qué voy a decir de él, sino que es un tío con un par, Eduardo, Cesáreo, Pepe, otra gente que no conozco porque son más jóvenes, mujeres, la salsa de la vida, y las Piratas. Faltó Huertas. Mi corazón está con vosotras, Matilde, Nani, Angustias, por razones que no son del caso ni hace falta explicar porque forma parte de la intimidad personal, cosa que sólo se cuenta medio “empiojao”, cuando la nostalgia o la ternura se desborda y cae al plato de los michirones, de los caracoles, de tanto como nos puso en la mesa esta buena gente que lo es. Nadie apostaba un duro por mi presencia. Pero estuve. Porque estas cosas me gustan. Me veo más joven, más de otra manera, es decir, como era entonces, como sigo siendo, pero debajo de la hoja de la lechuga. A Nito -¡qué bien estaba Pastorita!- y a Pepe Izma, un sobresaliente. Ellos me llamaron. Habían celebrado la fiesta oficial el mismo día en el que estaba en Almería haciendo una lectura epitalámica a Germán y Marieta, el día en el que cantó esa hermosura de voz cuyo nombre aún no sé y yo me acordaba de Diana Navarro, y no pude estar con ellos, habían celebrado, digo, el medio centenario, media copa de coñac, de la construcción de las Casas Baratas. Pero, si los santos tienen octava y las bodas retorno, hubo celebración íntima a la que asistí, con tantos otros que no he citado, y que me perdonen por no conocer o recordar sus nombres, merced a la generosidad de las tres gracias: Matilde, Nani y Angustias. En Lorca siempre se ha hablado del Barrio o de la Ciudad, cada una con su equipo de fútbol, Atlético de San José y San Cristóbal, como vamos a poder leer pronto en la historia del fútbol en Lorca que está preparando Jumondi, al que ya le anticipé a comienzos de temporada que el Lorca no iba a ascender. San José y San Cristóbal son la sal de Lorca, cada una sita en un extremo, pero los extremos se tocan. Sin embargo, jamás había conocido en Lorca popularidad tan graciosa, tan sencilla, tan reconocida, como la de las Casas Baratas. Cincuenta años hace que se inició su historia, alguno menos que empezó a ser habitada. Pero, ¡qué bello es vivir para contar que uno ha residido allí, que uno ha estudiado allí, que uno se ha chispado allí, que uno se considera de allí a pesar de haber vivido fuera y dentro de Lorca, que uno conserva amigos allí, que no hay otro vino mejor que el del Bodegón! Y por el ajo que hicieron la otra noche, verde, hermoso, de color de aceite, con el olor y sabor justo, más de uno hubiera pagado muchas pesetas reconvertidas en euros europedos que sólo han hecho encarecer las cosas. Pero de eso no se envasa para Europa. Gracias a Dios. Que se coman con su pan las cosas que a ellos les gusta, pero que la morcilla, la salchicha, los caminantes, los caracoles serranos, los michirones, la empanada, la patata cocida, que se la coman aquí si se pueden hacer amigos de la historia viva de las Casas Baratas: Matilde, Nani y Angustias. Habrá otra gente allí a la que seguramente he citado en otro escrito, aunque me olvidé de Pedro el Faros, Joaquín, el de Hersi, y de alguno más que por despiste de los años que soporta mi cabeza, con tanta cosa encima de mis hombros, ha pasado a ser parte de mi desmemoria. Conté alguna anécdota casi desconocida, pertenecía al mundo masculino, como la de la “virutilla”, sucedida cuando Juanico Valiente era carpintero, y, si hubiera forzado la máquina, alguna otra más hubiera recordado, pero tampoco hace falta. Es mejor quedar en esa nebulosa en la que las cosas son o no, pero se dicen y se cae en la nostalgia, en una melancolía en la que nada se agolpa a la cabeza, pero que te hace perder en un momento la noción de las cosas que te rodean, porque de lo que se trata es de que has vivido allí, con tu familia, con tu madre, con tus amigos, con gente mejor o mejor, con tanto pueblo como forma parte de la vida diaria, el panadero, el tendero, el zapatero, el carpintero, la guardia civil, la escuela, el Perla, el bar los Claveles, el cine Torrecilla, el taller de fulano y de mengano, y todo lo ves en un segundo, el ambiente, el camino, aquel que no sé dónde para, tantos que han fallecido, y no sabes qué te ahoga más, hasta que ves el candor los humildes, la solidaridad de tanto vecino, el cariño que ponen en las cosas y entonces sabes que ha valido la pena vivir allí y que esta efeméride nos haya juntado y nos hayamos abrazado, aunque sepamos que va a pasar otro mucho tiempo sin vernos, pero hemos concurrido como si fuera una Navidad cuando la madre nos unía e íbamos a “ca” las Piratas a comprar por si faltaba algo para mis hijos que vienen de fuera, mis nietos que llegan y ya están grandes, y tantas otras historias, como cuando íbamos a casa de Jesús Rael a beber coñac Constitución y el coñac era del Bodegón porque Jesús se traía la botella vacía cuando iba a cenar con los notarios. Era un juego, lo sabías, pero queríamos beber de esa botella para parecer potentados o gente sencilla, que nunca se sabe. Al igual que Leoncio Collado, comí y bebí con moderación, que estoy hecho un gordinflón. Como llevábamos el mismo camino, hasta los Naranjos fuimos juntos los anfitriones y nosotros, mi hermano y yo, que me acompañó hasta mi casa. Si supiérais cuántas gracias os doy por haberme permitido estar con vosotras, no os cabrían más que en el corazón, que una caja de tortas con chocolate, como las que cerrarron la cena con cava y sidra para los que prefieren la bebida dulce, es pequeña. Cuando me muera, que me entierren en las Casas Baratas para formar siempre parte de su historia. Matilde, Nani, Angustias: muchos besos y deciros que mi corazón está con vosotras y con las Casas Baratas. Debajo de la hoja de la lechuga, siempre hace recencio. Lo vuestro es ternura.
Sin ser acto social, hasta lo fue. Estábamos los justos. Leoncio Collado quien, como uno más, sólo iba a comer y beber con moderación. Pepe Murcia, que se puso, en un momento, reivindicativo, con la euforia del impotente cuando no puede realizar lo que cree justo. Sixto, sin ejercer, en este acto, de presidente de la Asociación de Vecinos de esa barriada, pero siendo el factotum. Otros más, como el que esto escribe, mi hermano Juan Antonio, que qué voy a decir de él, sino que es un tío con un par, Eduardo, Cesáreo, Pepe, otra gente que no conozco porque son más jóvenes, mujeres, la salsa de la vida, y las Piratas. Faltó Huertas. Mi corazón está con vosotras, Matilde, Nani, Angustias, por razones que no son del caso ni hace falta explicar porque forma parte de la intimidad personal, cosa que sólo se cuenta medio “empiojao”, cuando la nostalgia o la ternura se desborda y cae al plato de los michirones, de los caracoles, de tanto como nos puso en la mesa esta buena gente que lo es. Nadie apostaba un duro por mi presencia. Pero estuve. Porque estas cosas me gustan. Me veo más joven, más de otra manera, es decir, como era entonces, como sigo siendo, pero debajo de la hoja de la lechuga. A Nito -¡qué bien estaba Pastorita!- y a Pepe Izma, un sobresaliente. Ellos me llamaron. Habían celebrado la fiesta oficial el mismo día en el que estaba en Almería haciendo una lectura epitalámica a Germán y Marieta, el día en el que cantó esa hermosura de voz cuyo nombre aún no sé y yo me acordaba de Diana Navarro, y no pude estar con ellos, habían celebrado, digo, el medio centenario, media copa de coñac, de la construcción de las Casas Baratas. Pero, si los santos tienen octava y las bodas retorno, hubo celebración íntima a la que asistí, con tantos otros que no he citado, y que me perdonen por no conocer o recordar sus nombres, merced a la generosidad de las tres gracias: Matilde, Nani y Angustias. En Lorca siempre se ha hablado del Barrio o de la Ciudad, cada una con su equipo de fútbol, Atlético de San José y San Cristóbal, como vamos a poder leer pronto en la historia del fútbol en Lorca que está preparando Jumondi, al que ya le anticipé a comienzos de temporada que el Lorca no iba a ascender. San José y San Cristóbal son la sal de Lorca, cada una sita en un extremo, pero los extremos se tocan. Sin embargo, jamás había conocido en Lorca popularidad tan graciosa, tan sencilla, tan reconocida, como la de las Casas Baratas. Cincuenta años hace que se inició su historia, alguno menos que empezó a ser habitada. Pero, ¡qué bello es vivir para contar que uno ha residido allí, que uno ha estudiado allí, que uno se ha chispado allí, que uno se considera de allí a pesar de haber vivido fuera y dentro de Lorca, que uno conserva amigos allí, que no hay otro vino mejor que el del Bodegón! Y por el ajo que hicieron la otra noche, verde, hermoso, de color de aceite, con el olor y sabor justo, más de uno hubiera pagado muchas pesetas reconvertidas en euros europedos que sólo han hecho encarecer las cosas. Pero de eso no se envasa para Europa. Gracias a Dios. Que se coman con su pan las cosas que a ellos les gusta, pero que la morcilla, la salchicha, los caminantes, los caracoles serranos, los michirones, la empanada, la patata cocida, que se la coman aquí si se pueden hacer amigos de la historia viva de las Casas Baratas: Matilde, Nani y Angustias. Habrá otra gente allí a la que seguramente he citado en otro escrito, aunque me olvidé de Pedro el Faros, Joaquín, el de Hersi, y de alguno más que por despiste de los años que soporta mi cabeza, con tanta cosa encima de mis hombros, ha pasado a ser parte de mi desmemoria. Conté alguna anécdota casi desconocida, pertenecía al mundo masculino, como la de la “virutilla”, sucedida cuando Juanico Valiente era carpintero, y, si hubiera forzado la máquina, alguna otra más hubiera recordado, pero tampoco hace falta. Es mejor quedar en esa nebulosa en la que las cosas son o no, pero se dicen y se cae en la nostalgia, en una melancolía en la que nada se agolpa a la cabeza, pero que te hace perder en un momento la noción de las cosas que te rodean, porque de lo que se trata es de que has vivido allí, con tu familia, con tu madre, con tus amigos, con gente mejor o mejor, con tanto pueblo como forma parte de la vida diaria, el panadero, el tendero, el zapatero, el carpintero, la guardia civil, la escuela, el Perla, el bar los Claveles, el cine Torrecilla, el taller de fulano y de mengano, y todo lo ves en un segundo, el ambiente, el camino, aquel que no sé dónde para, tantos que han fallecido, y no sabes qué te ahoga más, hasta que ves el candor los humildes, la solidaridad de tanto vecino, el cariño que ponen en las cosas y entonces sabes que ha valido la pena vivir allí y que esta efeméride nos haya juntado y nos hayamos abrazado, aunque sepamos que va a pasar otro mucho tiempo sin vernos, pero hemos concurrido como si fuera una Navidad cuando la madre nos unía e íbamos a “ca” las Piratas a comprar por si faltaba algo para mis hijos que vienen de fuera, mis nietos que llegan y ya están grandes, y tantas otras historias, como cuando íbamos a casa de Jesús Rael a beber coñac Constitución y el coñac era del Bodegón porque Jesús se traía la botella vacía cuando iba a cenar con los notarios. Era un juego, lo sabías, pero queríamos beber de esa botella para parecer potentados o gente sencilla, que nunca se sabe. Al igual que Leoncio Collado, comí y bebí con moderación, que estoy hecho un gordinflón. Como llevábamos el mismo camino, hasta los Naranjos fuimos juntos los anfitriones y nosotros, mi hermano y yo, que me acompañó hasta mi casa. Si supiérais cuántas gracias os doy por haberme permitido estar con vosotras, no os cabrían más que en el corazón, que una caja de tortas con chocolate, como las que cerrarron la cena con cava y sidra para los que prefieren la bebida dulce, es pequeña. Cuando me muera, que me entierren en las Casas Baratas para formar siempre parte de su historia. Matilde, Nani, Angustias: muchos besos y deciros que mi corazón está con vosotras y con las Casas Baratas. Debajo de la hoja de la lechuga, siempre hace recencio. Lo vuestro es ternura.

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