La hoja de la lechuga

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miércoles, febrero 15, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 13


13. Un hombre llamado libro: Juan Pedro Quiñonero
De mi furor adolescente por los libros, tuve, y me ha quedado, el ansia de comprarlos en librerías de viejo o especializadas, muchos y variados, menos en las épocas en las que me he dedicado al estudio y, entonces, sólo adquiría libros teóricos de literatura, especialmente romanticismo, anticlericalismo (¡quietos!, no se asusten, sólo por la tesis doctoral), teoría de la novela, de la poesía, del ensayo, de semiótica, de bibliófilo, de tantas y tantas cosas como pueden haber en los cuatro o cinco mil libros que constituyen la única herencia que voy a dejar, porque de proporcionar a los hijos bienes materiales se encarga la madre. Tampoco me gustaría dejar esa herencia, aunque, en principio, Belén, que está construyendo una magnífica tesis doctoral en la que analiza la relación entre letra y música en las óperas de Calderón de la Barca y se sirve de algunos de mis libros, unos antiguos, otros recién adquiridos, parece que desea todos aquellos que se refieran a literatura. Pero me hubiera gustado hacer lo que ha hecho Juan Pedro Quiñonero, JPQ en adelante. Los libros que ha donado a la ciudad de Lorca llevan sangre de muchas batallas intelectuales en aquellos años de su primer periodismo en el diario madrileño Informaciones. Son los libros en los que se formó en un humanismo laico, en una noche oscura de la cultura española, larga, torpemente larga, en la que pensar ya era un estigma. Más o menos como ahora, pero por otros considerandos, es decir, porque la cultura industrial ha acabado hasta con ese clásico humanismo aunque fuese laico por voluntad de una juventud en militancia frente a la opresión. Entonces no había cultura de masas, sino avidez intelectual, que la masa procede de la opulencia, la consolida el estado de bienestar y la vende algún que otro político en el ejercicio de su vanidad. Vengo a decir esto, por dos cosas; la primera, porque llegó hasta mí un libro suyo, cuando la Pérez de Hita era mi librería; la segunda, porque, desilusionado y nihilista, JPQ abandona España y se instala en Paris. El que quiera saber de esto que lea Retrato del artista en el destierro, casi memorias de JPQ, aparecido en 2004. Aquel libro primero, Ruinas, me llevó a otros, y, cuando me llamaron para hacer voces de autores literarios para la Gran Enciclopedia de la Región de Murcia, incluí su nombre. Entonces entré en contacto con él y hasta ahora. Tengo todos sus libros, menos dos, de los que él mismo no tiene ejemplares. Los libros donados a Lorca, bien que por mi mediación, podían haber ido a Totana, haberse quedado en Almansa, o destinarse a un pueblo andaluz de cuyo nombre no me acuerdo por más que quiero. O haber sido míos, vaya. Pero decidí que Lorca, generosa y deseosa de ser aún más culta, yo la prefiriría humanísticamente culta, al menos equipamiento tiene para ello, era el lugar ideal. Caridad Marín aprobó el proyecto. Santos Campoy y yo fuimos a Almansa, pues estaban depositados hacía dos años ya en una agencia de transportes, destino Paris, para saber qué nos íbamos a encontrar. Abrimos algún paquete, le preguntamos a JPQ sobre la clase y número de libros que estaban embalados y se cerró la operación. El señor de los transportes ha tardado casi un año en enviarlos. Bienvenidos sean. Estas son las credenciales de JPQ: Una lectura de Baroja: del folletín al surrealismo (1972), Proust y la revolución (1972), Ruinas (1973), Memorial de un fracaso (1974), Baroja: surrealismo, terror y transgresión (1974), Escritos de VN (1978), La gran mutación. España y Europa ante el siglo XXI (1979), De la inexistencia de España (1998), El misterio de Ítaca (2000), Anales del alba (2000), Retrato del artista en el destierro (2004) y El caballero, la muñeca y el tesoro (2005). Tengo la inmensa suerte de poseer un original y haber leído antes de su publicación Retrato del artista en el destierro, por el que, en la tarde del día en el que esto escribo, 18 de mayo, se le ha concedido el Premio de la Fundación Caballero Bonald. Pero también me he cansado de recomendar El caballero, la muñeca y el tesoro y seguramente no hay ninguno en las librerías lorquinas que bastante hacen con vender libros de consumo, números unos de las listas de ventas y otras historias impersonales. También intentan vender libros de lorquinos o que tratan temas lorquinos. Es inútil porque la gente se ha acostumbrado a que se los regalen. Hay que vender hasta los libros subvencionados por el importe de su costo. Es la única manera de que se respete la labor creadora, los libros se dignifiquen y los adquieran los interesados. Como muy bien se ha hecho con la Obra de José Musso Valiente. Anales del alba estuvo en una de las primeras convocatorias del concurso de novela corta del Casino-Ayuntamiento de Lorca con otro título. Lo deduje cuando comprobé que el matasellos ponía Paris. Después se lo pregunté. Era mi novela, densa, poética, experimental si se quiere. Es decir, la novela que tiene que premiar un jurado de un concurso independiente, porque un nombre así hace fuerte un premio. Pero el jurado se fue por otros derroteros, que yo respeté, y la novela, con su título actual, fue Premio Juan March. Interesante. No me había equivocado, quizá porque siento cierta tendencia a lo marginal. Pues, bueno. Ya tenemos entre nosotros a JPQ y una buena porción de sus libros, aunque creo que otros vendrán detrás, y ustedes que lo vean y yo lo escriba. Señal de que vivimos. A JPQ también se le puede leer en el ABC, pues es su corresponsal en Paris. Unas veces envía sus crónicas y otras escribe en su suplemento cultural, siempre sobre libros y pensamiento, con notables incursiones en la política. No en vano ha sido enviado especial en medio oriente próximo, antes de que los pérezreverte salieran, desde territorio comanche, a ejercer de espadachines y académicos. Ya tienen ustedes, pues, referencias concretas de este personaje singular, tímido, inteligente, intelectual, sensible, que se fue de España desencantado, aburrido, a esa amplia patria que es Paris, donde habita JPQ con su esposa y sus dos hijos. Tiene una casita en un lugar de la costa catalana. A ella regresa todos los veranos y allí espero que entienda más y mejor que yo la realidad catalana de ahora, corona de espinas incluida. Parece ser que la Editora Regional le va a publicar un ensayo que tiene inédito sobre el pintor murciano Ramón Gaya, con motivo de una gran exposición que está montando la Caixa, no sé si en Murcia o en Barcelona. Me alegrará que todo esto sea verdad. Así que, como prometiera en lechugas anteriores, he aquí la historia completa de por qué y cómo está en Lorca un trozo del alma de JPQ. Y por favor, Gloria, que te escribes casi todo el Arco, verás cuando sea triunfal, ponme una foto de JPQ de cuando era un mozo joven, en 1979. Gracias, maja. Y contento de que me hayas incluido en la lista de tus amigos, aunque sea por unas negritas, que, como decía alguien, son bellas hasta de noche. Y gracias, Rosarito, por tus gracias.