La hoja de la lechuga

Artículos aparecidos en ARCO MEDITERRÁNEO.

martes, marzo 28, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 23


23. El síndrome metabólico
Ya tengo la certeza de lo que le pasa a mi sexagenario cuerpo. Como vivo en un país desarrollado, ya he conseguido malos hábitos nutricionales y el sedentarismo propio de mi tiempo, es decir, de mi trabajo de jubilata. Tengo, además, todos los síntomas, con lo que deduzco que mi estado es crítico. Pero, si estoy contento con todo lo que tengo, más lo estoy con lo que no poseo. Soy propietario de obesidad abdominal, 110 contra 102 que es la talla normal. Eso se soluciona con una dieta rigurosa de una temporada. Lo peor, es mantenerse dentro del régimen o, por mejor decir, de las medidas políticamente correctas. Tensión arterial alta. Triglicéridos altos. Es así que poseo al menos tres de los criterios diagnósticos, luego tengo el síndrome metabólico. Este síntoma causa el 60% de las muertes en los países desarrollados. Así que me siento feliz y contento de pertenecer a un país desarrollado, aunque me cueste la vida, porque soy un ejemplo, ahora mismo vivo, de los esfuerzos de los políticos por hacerme pertenecer a un país desarrollado, desde la leche y el queso americanos hasta eso último que anuncia la tele que baja hasta la tensión con uno al día. Pero no, bajar la T/A de 23 de máxima y 13 de mínima a los 13,7 de máxima y 7,8 de mínima que tengo ahora mismo, al sentarme a escribir este síndrome, perdón, esta lechuga, cuesta algo más: tres meses encerrado, alejado de mis afortunados amigos que viven en este paraíso con una alta tasa de desarrollo y aún, por pobres, no tienen el síndrome metabólico, y comer sólo hierbas: lechuga, col, escarola y otras especies, por un ejemplo. Es decir hay que cambiar de costumbres y eso no es tan fácil como hacerlo de ropa interior. No porque ya sea doloroso en sí abandonar cuanto te ha acompañado un montón de años, sino porque, para ello, debes ejercer de ermitaño y estar solo, porque el estado del bienestar te lleva al síndrome metabólico. Si gana el Madrid y lo celebras mientras marcan los goles con algún que otro cubata, ya sabes, al día siguiente estás ingresado en el síndrome metabólico porque te han subido la tensión, los triglicéridos y posiblemente la glucosa y el colesterol, además de encontrarte hecho unos zorros. Pero me puedo dar con una piedra en los dientes porque el síndrome metabólico, en Europa, no es una enfermedad, sí en los EEUU del Bush. Por lo tanto no estoy enfermo porque no hay enfermedad. ¿Lo del síntoma? Te lo explico: como ingerimos más calorías que quemamos, no hay equilibrio en la salud. Consecuencias a largo plazo o antes si la cosa llega a la exageración de pesar bastante más de cien kilos: el infarto, la diabetes, el cáncer de colon y el ictus cerebral. Si te lo explican así, te irritas. Porque si la muerte fuese segura y rápida, pues podrías decir, pues bueno, pues ya está. Pero, lo peor, es la escasa calidad de vida que se disfruta, lo mal que se siente uno, y otras consideraciones de lo más atrayentes. Dos pensamientos me han convencido para convertirme en un eremita: lo que me voy perder de la vida o lo que voy a pasar si me convierto en un inútil. Explico. Lo primero radica en lo que no voy a gozar si fallezco pronto, pero eso contradice lo que me enseñaron de pequeño: uno se muere cuando Dios quiere o le llega la hora; pero le llega la hora porque Dios lo determina, luego siempre cuando Dios quiere, es decir, cuando te llega la hora. Por lo tanto ese argumento no sirve de mucho. El otro sí: imagínate dependiendo de la insulina y expuesto a los problemas que trae consigo, como la ceguera. Pero, sobre todo, incluso sobre la dependencia de los demás que se tiene después de un derrame cerebral, por ejemplo, lo que más me jodería de llegar a ser una víctima del síndrome metabólico es el follón que le voy a liar a los demás pues van a tener que cuidar de un servidor de usted. Pero como el vivir en un país tan desarrollado como este, con un crecimiento tan exagerado que parece ahora mismo a punto de resquebrajarse y escindirse, es que, como todo dios trabaja, nadie puede cuidar a/de los mayores. Cuidar a/de los mayores es una obra de misericordia, al menos lo era antes de la ESO. Así que eso parece bien visto. Pero cuidar a uno que se ve como se ve por su mala vida, tan mala que ha conseguido el síndrome metabólico, no parece correcto. Es decir, que se pague su enfermedad buscada como hacen los que fuman y los que ingieren alcohol. Porque ya están pagando con sus impuestos lo que se gasten después en ellos. Porque este estado previsor y paternal que tenemos, si suben los impuestos, es por el bien de los ciudadanos; si castigan aún más el tabaco y el alcohol es porque así, el que beba y/o fume, ya se ha pagado su propia enfermedad y puede llegar a la muerte tranquilo, además de tapar algún que otro agujero autonómico sanitario. Pero, ¿qué pasaría si de golpe todo el mundo dejara de beber y/o de fumar? ¿Estaríamos por ello más sanos? ¿Pagaríamos mejor sanidad? ¿Cómo se pagaría el paro de las personas que trabajaban en esas industrias del mal? No he hablado aún del sedentarismo. Como eso viene bien a los fabricantes de sofás, camas y demás, no quiero predicar sus excelencias no sea que piensen lo que no es. Yo soy sedentario porque me paso muchas horas delante del ordenador trabajando en la re literaria. Pero eso es malo. Es bueno el resultado, malo el medio. Pero, si no hago esto, ¿cómo voy a envejecer, cómo voy a gastarme para morir? Pero, a pesar de mis deseos, cuando haya logrado salirme del síndrome metabólico, ya nada será igual. Deberé estar siempre pendiente de un control racional de los alimentos que ingiera (como si hubiese comido caviar todos los días), de un incremento regulado de la actividad física (a pesar de los inconvenientes viarios de este nuestro pueblo de cumbre alterada) y del abandono de las sustancias tóxicas que han envenenado mi vida y que son mi vida y mi muerte, te lo juro compañero, el alcohol y el tabaco, no tendría que quererte y sin embargo te quiero. ¡Qué mala suerte! No sé cómo va a ser mi vida en adelante. Pero, la verdad, me encuentro mejor fuera del síndrome metabólico. Al menos me puedo poner ahora los trajes que hace unos años hube de desechar porque ya no me venían. No hay mal que por bien no venga ni que cien años dure, o, si no, al tiempo.