La hoja de la lechuga

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miércoles, febrero 15, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 16


16. Chivo picante para cualquier ocasión
Le iba a pedir a Geovanni la receta del chivo picante, pero la encontré en una revista de las atrasadas que suelen haber en las peluquerías como en la que recalé el día de ayer. Digo chivo picante porque parece ser que se come bastante, o es receta apreciada, en Ecuador y, como mi nieto Pablo, al que me gustaría enseñarle la ruta del vino, si Dios me concede tiempo suficiente para ello y no se pierden antes las pocas tabernas que quedan, algunas ya bastante caras, tiene en su clase un amigo ecuatoriano llamado Wilson, por si un día aparece con él por la casa y hay que cocinarlo, ya la tengo. Ingredientes: medio kilo de chivo (cabrito), orégano, cabeza de ajos, albahaca, comino, limón, perejil en polvo, tomillo, sal, una guindilla, un vaso de vino tinto, cuatro tomates, una vaso pequeño de aceite de oliva y ron. Preparación: en una olla se pone el chivo a trozos y se añade el vino tinto, sal, orégano, ajo, perejil, tomillo, albahaca, comino, guindilla y el limón (uno) a rodajas. Se deja reposar unas horas. En otra olla, se echa el aceite y se pone el chivo y el condimento. Cuando hierva el animal, se añade un chorro de ron y los tomates. Se deja hervir una hora. Se sirve con arroz, hay que hacerlo aparte, o con plátano. Muchas especias lleva, pero, tomando poca cantidad, quizá, no me amargue la tarde con una digestión lenta y lenta y más lenta, a las que acostumbro, que me obligue a tomar cualquier medicina moderna, Almax, o remedio tradicional, bicarbonato. El que hoy salga esta lechuga cocinera debe ser porque todos los lunes me encuentro debajo de la hoja de la lechuga el horno de los cuentos, cuyas recetas son todas, o casi todas, muy golosas y la escritura muy enrollada e ingeniosa; es posible que tenga cierta fijación por eso y me lleve el asunto entre ceja y ceja un tiempo. Y lo mejor que se puede hacer con las tentaciones es caer en ellas, no resistirse, como se puede comprobar que estoy haciendo. Por todo ello, a la hora de la comida, o sea, a las dos de la tarde, aprovechando una ausencia de Carmen, de visita a Belén, en Murcia, me fui a la cocina, busqué un cazuela de barro que había comprado para hacer arroz, le puse agua hasta su mitad, le añadí un par de hojas de laurel, una bola seca, un trozo de tomate, una tira de pimiento, perejil, una polvoreda de albahaca, estragón, tomillo, hierba buena, un chorro de aceite de oliva, y dejé que todo eso empezara a hervir. Miento, busqué media docena de gambas que habían quedado aparcadas por ahí y las eché también al cazo. Dejé que hirviera un poco, como tenía pensado y, a los cinco minutos, cogí el arroz de Calasparra, puse tres puñados en la zaranda, lo limpié, y lo fuí dejando caer con un cuidado amoroso sobre el agua hirviente. De vez en vez, durante los veinte minutos preceptivos de rigor, con la cuchara de madera tan quemada ya de tantas veces en la olla, removía todo aquello que olía ya a cielo bendito. Lo probaba de cuando en cuando cerrando los ojos y comprobando la evolución de aquel guiso que, por primera vez, estaba haciendo. Sin receta alguna. Lo he inventado yo, me dije. Lo sentía madurar entre mis dientes, ponerse tierno poco a poco. Cuando estaba ya casi a punto, cogí un huevo y lo eché encima de aquel arroz al que le faltaba, reconozco mi olvido, un poco de azafrán de pelo. Me consolé con el colorante que encontré. Está a punto, comenté en mi interior. Y corté el fuego, puse un paño de cocina sobre la olla de barro y dejé que se reposara. Así que, mientras aquello maduraba amorosamente, me serví un vasito de vino blanco, XAREL.LO, BLANC DE BLANCS, vino humilde de la casa Maset de Lleó, del Penedès, que me vende Soledad –mándame lo que quieras– mientras hablamos de otras cosas, un vino sencillo, suave y afrutado, de pocos grados, que, tomado a una temperatura apropiada, es decir, casi frío, entra muy bien y tiene mejor buqué, que suelo degustar de cuando en cuando. Juro por todos los dioses de uno y otro bando que me preparé una mesa apropiada, con un mantel coqueto, servilleta, todo, algún que otro detalle, hasta cuchara y no sé por qué. ¡Qué bien lo voy a pasar! La verdad es que me lo merezco. Otros hay peores. Todo eso me decía para disfrutar de mi placer por adelantado y descargar mi conciencia. Jamás sabré cómo pudo estar esa comida. Ni estuve pensando en Diana Navarro –hay que ver cómo duele en mis venas el amor que te di– ni se me ocurrió mirar al Castillo de Lorca. Aclarando, que es gerundio: la galería de la cocina da a este edificio y, si levantas la mirada, te lo tropiezas. Por encima, un trozo de cielo azul, que por eso es más cielo. Me gustaría que me llegara también el olor de la pizzería pero, como Salva tiene L’Antorcha tan bien, no se escapa ni un aroma y tengo que conformarme con respirar hondo cuando paso por su puerta. Tampoco estorbó ninguna ambulancia, ni coche de la policía, ni de bomberos que me distrajera, me pusiera nervioso y se me olvidara comer. Me sacó de mi limbo un largo timbrazo, maldita sea, vaya oportunidad, y una voz que me pareció gangosa e indescifrable mientras la escuchaba, que me gritaba no sé qué, que, por supuesto, no entendí. Cuando la luz se hizo en mi cabeza, pensé en abofetearme. Es fácil que me escapara alguna lágrima furtiva. No hice ningún comentario. Sólo me dije: “esto te pasa por tonto”. Y empecé a cumplir mi penitencia. Se me había olvidado que iban a pasar por mí sobre las tres de la tarde porque teníamos que estar alrededor de las seis en Almansa para ver los libros de JPQ.

1 Comments:

At 4:22 p. m., Blogger Beppe said...

un peo pi longo no?

 

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