La hoja de la lechuga

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miércoles, febrero 15, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 14


14. La niña bonita: quince hojas de lechuga y otras divagaciones
Si contara un artículo que no he publicado, quizá porque el tema está muy desgastado, porque pertenece a otra guerra o porque el amor tiene una barca que me lleva hasta el dolor (Diana Navarro) y a veinte leguas de Pinto y a treinta de Marmolejo existe un castillo viejo que edificó Chindasvinto (poesía popular), es decir, a mí casi me la repanfinfla, aunque la procesión vaya por dentro, tú, porque aquellos polvos trajeron estos lodos, esta sería la décima quinta lechuga mía en este Arco que va a más. Catorce semanas que ha aguantado este Mediterráneo que será arco de triunfo a poco que la suerte acompañe a sus mentoras. Mas, mira por dónde, dedicado a esta efeméride, una vez más debajo de la lechuga, no sé cómo va a continuar este escrito. Los otros días, otra señora amiga que pasaba junto a mí, mientras yo estaba con lo de JPQ, me dijo que también leía mi lechuga (le quedan aún treinta y seis que leer, deo volente, porque entonces me retiro); lo hizo con vez queda, como si fuera cómplice de algo que esperaba semana a semana. Gracias. No ambiciono ser baremo lector de este semanario pero, si me leen, leen también el periódico a pesar de la competencia y del estilo que cada publicación está alcanzando, que los vaivenes son propios de los comienzos. Yo acabo de empezar este, digamos artículo, y tampoco sé cómo continuar porque estoy escribiendo para dentro de una semana, de mayo para junio, y todo me pilla a traspié, todo está ya manido o no ha llegado a ser todavía. Por ello, busco cosas relacionadas con los pequeños intereses líricos y diarios, dentro de la moderación irónica que me he impuesto, y aprovecho los huecos de tiempo para refugiarme en la lechuga mientras pienso, por ejemplo, en María José, guapa, que algún año iré a recoger la fotografía, no te preocupes; en iniciar el prólogo para las Actas del Congreso sobre Musso Valiente; en Salvador García Jiménez, sobre el que Juan Cano Conesa ha escrito un libro, Escribiendo sobre la pluma de un ángel. Las novelas de Salvador García Jiménez, al que le estoy buscando un par de fotos que me ha pedido, pues su próxima novela tiene como personaje importante a Fajardo el Bravo; en Pablo Jauralde Pou, del que tengo pendiente la lectura de su último libro de poesía, Calcetines rojos, que se inicia con un un bello soneto, tras un inquietante prólogo; en Jacinto Herrero Esteban, que acaba de enviarme La herida de Odiseo, Premio Fray Luis de León de Poesía de la Junta de Castilla y León; en leer La concepción romántica del Quijote, de Anthony Close, que necesito para preparar mi conferencia en el ciclo IV Centenario del Quijote en Lorca, menos mal que mi turno llega en noviembre; pero más cercana está la que tengo que impartir, en este caso leer, no sea que desbarre y estarán presentes muy buenos especialistas, figurará en ella al menos un inédito de nuestro poeta, en el curso que sobre Eliodoro Puche organiza Pedro Guerrero para la Universidad del Mar, con mayúscula, que algo saldrá de mi mar de Calabardina, y todavía no se cómo empezar, lo mismo que ahora. No voy a poner en negrita a la persona que me lo proporciona, lo haré en su momento, no sea que alguien se adelante y pierda el carácter de no édito. Para cumplir todo esto, debo abandonar la protección de la hoja de la lechuga y dejar de jugar al corro, eterno retorno al mismo punto del círculo. No encuentro nada que decir para esta lechuga de esta semana, aunque me gustaría que los lectores preguntaran por los libros anteriores en las librerías locales porque son buenos textos, en caso contrario de mi boca no saldría ni un suspiro, y, para el tiempo que se acerca, no están mal para perderse en sus páginas en las tardes lánguidas, plenas de la calidez de este verano que ya tenemos a la vuelta de la hoja de la lechuga y es conveniente ralentizar casi todo porque las horas de luz son tan amplias, tan generosamente largas, que hay tiempo hasta para leer, aunque parezca verdad. Recuerdo una promesa que hice hace varias lechugas y que ahora cumplo porque ya han regresado de su viaje Germán y Marieta y vuelven con más amor, y nosotros que lo veamos cuando tenga que ser, ni antes ni después. Ya sé el nombre de la criatura que amenizó la velada en la celebración de su suave, sereno y estético desposorio en el Gran Hotel de Almería, nombre que escucharán ustedes de aquí en adelante con cierta asiduidad, aunque ella prefiere cantar en la intimidad, sin que eso quiera decir que desdeñe el gran escenario: SONIA MONTES, de la que prometo escribir en cuanto hable con ella en Almería un día de estos, aunque ya adelanto que actuó en una ocasión en la Peña Flamenca de Lorca. Tendrá que ser después del fallo del VII premio de Novela Corta Casino-Ayuntamiento de Lorca. Seguramente desde el día veintisietes del pasado mes, coronado de azaleas y otras plantas hermosas, se sabe ya el fallo de este premio. Enhorabuena al ganador. Si esta hoja se publicara, que no, antes de esa fecha, aventuraría un título como ganador, pero a posteriori no vale. Así que ha ganado Amado Gómez Ugarte con su novela El barco varado. Era la mejor. Pues bueno, sigo sin saber qué escribir para esta niña bonita, para este comienzo de junio, para la lectura leve de quien nos sigue y pone su Arco Mediterráneo junto al abasto diario, cabe el carlorcillo de pan que exhala su olor tierno como agua de mayo, como flor de abril, como jacaranda, como naranjo a punto de estallar en perfume, como tilo, sauce llorón o azufaifo, colores todos preciosos, de los que adornan el rostro de las bellas lorquinas. Bueno, poco tenía que decir, no sabía cómo, pero ya hemos llegado a su fin y ustedes que lo lean y esperen que otra semana me encuentre más inspirado, que si no cae sobre mí la amenaza del despido y entonces, ya jubilado, ¿en qué voy a ocupar el tanto tiempo que encuentro encima de mi mesa de trabajo que aún sigue siendo un caos?