La hoja de la lechuga

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domingo, febrero 19, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 21


21. Zumo de pomelo
Entre otras cosas he gozado este verano del sabor, olor y color del zumo de pomelo. Me concedieron un permiso de vacaciones los médicos que me atienden con desigual fortuna para mí, dado que unas veces me recibe un austero y otras un ermitaño, con lo que he ganado, aunque me resisto, en austeridad. No me ha importado recluirme todo el agosto, mes podrido del año como lo llamó Odiseas Elytis, y he perdido cinco kilos que apenas se me notan: ni su pérdida, ni los kilos en sí. He probado la medicina alternativa y puedo jurar que es tan cara o más que la otra, quizá porque no hay quien la subvencione. Pero es un negociazo. El noni, por ejemplo, está casi igual de precio que la hueva de mujol; eso sí, es bueno para todo, o sea, que, al menos, no hace daño. Lo extra de los comercios que venden estos rollos es que son terapéuticos: uno cuenta su dolencia, otro cuenta su remedio. Salió, pues, la palabra pomelo, a la que yo nunca había hecho caso, por aquello de las ensalzadas naranjas nacionales, aunque la orange cae por otros lugares europedos, pero el zumo de pomelo es como el beso de unos labios, jugo gozoso en la boca. Su color es más bonito que el de la naranja, su olor más sugerente y su sabor delicioso, por usar una palabra común, entendible por todos. Bebo el zumo de pomelo con los ojos cerrados, como hacía antes con el vino, encontrando sensaciones entre los sabios rincones de mis sueños de la mañana de recién levantado. La playa sigue gozando para mí de la misma repulsa de hace unos años, los mismos que hace que no la frecuento, pero ahora más consumida y consumada porque son más los que la disfrutan a su manera en menos tiempo, ahora pocos aguantan el mes completo. Así que empecé a bajar temprano para andar descalzo y endurecer mis pies blandeados y quemados por más de un año de asfalto. Pero, la playa, a finales de agosto, es como un bosque de setas, hongos y champiñones, pues eso parecen las sombrillas que ponen a la orilla de la playa y en donde pillan, que es igual, o sea, donde les da la gana, con lo que privatizan un bien común: las llevan hasta la orilla del agua y nunca sabes dónde están los nietos, perdidos en ese bosque de piernas y setas, hongos y champiñones de los que hablamos. Antes las bajaban los abuelos. Ahora los jubilatas. Y, como cada vez nos jubilamos antes, muchos llevan las setas, perdón, sombrillas, algunos de ellos en becigleta. Así que, a las nueve de la mañana aquello es un bosque de lo que ya he dicho sin ningún bañista. Por ello, salvando la dificultad que te plantea el bosque, el objetivo es sortear los árboles, no puedes ni andar por la arena, la escasa que queda. Pero como esta festiva estampa la hemos visto por la teuve (TV) del adocenamiento, nada más voy a decir de esta pueblerina costumbre, la practique quien la practique, que a eso lleva la masificación, a parecer y ser desagradable (para mí) lo que antes era tipismo. Claro que por la cosa esa de los rayos de no sé qué hay que tomar el sol con un colador y ponerse debajo de una seta en lugar de proteger el espacio natural que significa el ozono que cuatro inútiles se van a cargar porque es más cómodo no obligar a los contaminantes a adoptar medidas de protección y joder al prójimo como a mí mismo. Hoy, pues, me ha salido ecológica esta lechuga. Espero, por el bien de todos, que no me salga la vena de la quemadura solar y no diga nada más de lo que me parece esta playa de toda mi vida que ya no tiene ni arena ni nadie cuida a no ser cuando llega el verano, ya no hay turistas, qué criterios aplicarán para conceder la bandera azul con tanta mierda como corre por aquí y tanto descuido. Si ahora se recogieran colillas, la tonta del bote, de venir a esta playa, se pondría las botas y lo llenaría en un pis pas, claro que de boquillas blancas y doradas que no sirven para nada, pues las colillas de ahora no son las de antes, que hasta tenían tabaco. De todo lo que me he quitado últimamente, noto la falta del genuino sabor americano porque es la retórica de la conversación, no es que ansíe esperar fumando a mi amante solícito y galante sino que el humo llena muy bien los espacios muertos de un diálogo aunque sea humanístico: sé lo a gusto que está uno sin once kilos de nicotica de más por las mañanitas de San Juan o de quien sea. Empecé a respirar más a gusto a finales de agosto. Ahora estoy mejor que antes. No se puede andar por ahí con tanta tensión, cosa más pesada que una cruz a cuestas, veintidós y medio son muchos kilos de presión. Por otro lado, he desconectado de muchas cosas que ahora no tengo interés en recuperar y que, en verdad, me estorbaban, tan es así que no las reiniciaré. Por ejemplo, yo era un celtibérico, ahora hispano por si los celtas se escapan del paquete, preocupado por si las nalgas y el tetamen de la Obregón estaban aún en su lugar descanso, y, mire usted por donde, este verano, quizá a consecuencia de la cura a que me han sometido, este verano, digo, nada de nada cuando la he visto con un bikini que le sobra en un telediario ordinario que sólo te habla de tifones, incendios y rememoraciones anuales de tragedias, como si aquí no hubiese poblemas de los que es urgente una información veraz, la del agua, por ejemplo. No tengo claro todavía lo que EEUU ha pedido a España; no sé si ha sido organización porque aquí, ante una catástrofe natural como esa, parece ser que alguien lo ha dicho, hubiéramos actuado mejor, amén. Callados, a veces estamos más bonicos. No son las ideas, son los hombres que las expresan. Y a lo que iba, ¿cuándo dejará ese sex-simbol carpetovetónico de aparecer hasta en la sopa? Lo que sucede, me dice alguien, es que te estás haciendo viejo. Y, resignado, pienso que, a lo mejor, ahora me gustan las cosas bien hechas y antes todo bocado era bueno para llevárselo a la boca. Así qué, Ana, sal mientras puedas y te dejen, que me sigues pareciendo mona y no te llevas sombrilla a la playa porque ya las hay en ella. Al menos no eres tan de plástico ni tan ñoña como quien yo me sé, y ahora está en candelero. Veremos si se mantiene tantos años como tú.