La hoja de la lechuga

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miércoles, febrero 15, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 17


17. No todas eran zafias, ¿verdad Dulcinea?
La Maritornes era una buena moza de posada. Buena de ser y buenona de estar. Así que, algún que otro repizco cogería la muchacha por el pasillo que la llevaba al cuarto, del cuarto al patio, del patio al granero, del granero a la paja sobre la que dormían los mozos, los arrieros, gente basta sí, pero caliente y, dentro de su simpleza, nobles, eso sí, sin pedirles delicadezas, que los pellizcos le dejaban un “cardenal” en el lugar en el que florecía el ardor de la juventud. Pero no ponía mala cara. Viene esto a cuento porque voy a recordar los epígonos de la celebración del III Centenario, que ya ha pasado un tiempo y una guerra y una miseria y siete años de abundancia y siempre la necesidad del agua. Sólo hace falta ir a los periódicos de la época, que están en el Fondo Espín, que Antonio te los facilita sin problemas. Espero poder medio comparar la celebración del III y IV Centenario del Quijote en otra lechuga. Hoy me asomo al recuerdo de tres sonetos casi semejantes de tres poetas casi contemporáneos que vienen piripintados, para esta ocasión. El primero corresponde a Carlos Mellado (1876-1834), autor de A mitad de jornada (1914), primer poeta a quien dediqué mi tiempo, de lo que no me arrepiento. Quizá sea el más tópico de los tres. Consta de apenas doce versos de catorce sílabas que riman en asonante los pares. Describe bien a los personajes.
En el mesón ruinoso de un llano de la Mancha
perdida la conciencia cavila don Quijote,
y en su locura santa, desface los entuertos,
protege a las doncellas y sufre por los hombres.
Ahito ronca Sancho de codos en el plato.
Bajo el candil que apesta la mesonera cose.
El mesonero apunta, con letra trabajosa,
el gasto de cebada que hicieron en la noche.
Los viejos trajinantes que tornan de la feria,
discuten animados con destempladas voces.
Y en el pasillo oscuro, del que el rumor se siente,
retoza con los mozos la zafia Maritornes.
Este que sigue corresponde a Eliodoro Puche (1885-1964), poeta algo menor que Carlos Mellado, tiene ya otra construcción, pues posee como ingrediente el tema de Castilla, querido para los noventayochistas, no en vano pensaban que Castilla era la esencia de España. Ahora no es políticamente correcto decirlo. Pero la sigue siendo de la Castilla que fue España aunque les joda a algunos como si la historia se pudiese borrar por decreto.
Es un camino viejo de Castilla.
Es una venta a la orilla del camino.
En los negros pellejos late el vino.
En el hogar el tuero ardiente brilla.
Cruzando la ciudad, la aldea y la villa
viene lleno de polvo el peregrino.
Acecha el gato con mirar felino
el yantar humeante, en la escudilla.
En las cuadras los mozos y arrieros
departen y se muestran bullangueros.
El sol llena de sus oros la llanura.
Un cantar picaresco rasga el aire...
Escucha Maritornes un donaire...
y en el rincón más hondo reza el cura.
El último corresponde a Miguel Gimeno Castellar (1895-1979) porque, sin duda, volveré a Eliodoro por cuestión del curso que se celebrará en julio en la Universidad del Mar, si es que se celebra, por razones que entonces diré en aquella lechuga.
Ha regresado de su loca andadura
el hidalgo manchego. Es primavera
y en la dichosa beatitud casera
un pastoril idilio se arromanza.
En la solana rota está la lanza
junto al casco, abollado y sin visera.
La espada cuelga, sucia, en la espetera.
En la heredad trajina Sancho Panza.
Platican gravemente en la cocina
el buen hidalgo, el bachiller y el cura.
El ama cose... Sueña la sobrina:
“¡Oh, Dulcinea, zafia labradora,
de todo lo que fue, sólo perdura
aquel amor que te hizo gran señora!”
La ambientación que logran los poetas, cada uno en su poema, es, de verdad genial, al menos como creemos que era La extensa Mancha que pertenecía a Castilla, es decir, a España. Y qué filósofa la sobrina del preste. Los poetas lorquinos del pasado siglo, bastantes en número, raros en calidad, no estaban fuera de su tiempo y sabían lo que había que hacer. Escribir bien, escribir temas de raigambre, de siempre, de la más alta obra que ha salido jamás de pluma española, de pluma universal. Si no hubiera sido por ellos, ¿cómo hubiera escrito mi hoja esta semana?