DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 18

18. Sonia Montes es un rayo de luz en una noche con duende
Aunque hubiera sabido que SONIA MONTES iba a actuar casi al final de la cena como un regalo de boda para sus amigos Germán y Marieta, hubiera hecho lo que hice porque no sabía quién era y ellos sólo decían que, al final, habría una sorpresa. Es más, para conocer su nombre tuve que esperar a que los contrayentes regresasen del viaje de novios, como ya dije estando debajo de la hoja de la lechuga, concretamente en la número once, la de los flecos de suciedad y otras noticias. Pero, a la hora de los puros, habanos claro, que los otros, si son de este mundo, no están aquí afortunadamente, cuando hasta los postres se han servido y los recien casados cogen una espada para partir la tarta nupcial, que por todo eso hay que pasar, y se está a punto de tomar el primer cubata de la noche, una pequeña avalancha de gente, que ya debía conocerla, tomó posiciones avanzadas y, aunque uno intentó llegar lo más cerca posible, me hubiera gustado sentir moverse el mantón de manila por el aire de sus manos describiendo arabescos en el silencio sonoro de su voz, el meneo de su brazo acompañando el cante, como eco de su propia emoción, cada vez el círculo se hacía más pequeño. Así que opté por mirar y escuchar al principio lo más cerca posible; más tarde, sentado a la mesa, oía no muy lejos su canción modulada, grave o aguda según marcaba el ritmo, la letra, el corazón; de cuando en cuando, me asomaba, interesado, al pequeño escenario improvisado y volvía a la soledad de la mesa, todos en el círculo, los de atrás empinados sobre los talones. Concluyó pronto para las ganas que tenía yo de disfrutar su amistosa actuación, que la artista estaba recién llegada de viaje y, sólo por deferencia a la pareja de amigos, había hecho un hueco para rendirle su homenaje particular. Seguramente regresaba del Festival Flamenco de Tel-Aviv, Días de Flamenco. Sonia Montes es un rayo de luz en una noche rota. Su voz es lo más parecido a un misterio. Porque interpreta cada palo con el rigor que merece y cada canción es un sentimiento herido que narra una pasión o deja entrever un girón de vida hecha música que se rompe en silencio o llanto, en gemido o delicada timidez que sólo sabe huir de la pena con la maravilla de la voz que suena y se pierde y regresa y enerva el sentido y penetra en el corazón. Porque letra, música y son, el acompañamiento de guitarra y caja y la misma presencia que consagra la emoción del momento, forman un todo tan unido como el alma y el cuerpo que es el lugar de la resonancia perfecta para una voz tan delicada, tan personal, tan dulce, tan educada. Tan cariñosa. Me parece a mí que Sonia Montes es su nombre de guerra musical. Nació esta criatura en Isla Mayor (Sevilla) y se crió en las marismas del Guadalquivir. El amor, que como dice mi otra voz, la de Diana Navarro, es una barca que me lleva hasta el dolor, la arrastró hasta Almería, ciudad en la que reside todo el tiempo que puede pasar en su casa, pues me ha salido viajera la niña. Sonia, me dicen, viene interviniendo por toda la geografía flamenca, cantando en las principales peñas de España. Han sido varias las visitas a las peñas flamencas de Lorca. Fuera de nuestras fronteras, son destacables sus participaciones en Festivales Internacionales en Nueva York, Berlín, Grenoble, Miami, Lille, entre otros, y, recientemente, el pasado 19 de febrero, en el prestigioso teatro Dekleine Komedie de Ámsterdam, el auditorio de Roquetas de Mar actuando junto a El Cigala y hace apenas un mes en Israel. Confiesa su temprana atracción por el cante, pues para el arte de la copla, de la seguiriya, de la soleá, como para el toreo, se ha de nacer. Desde pequeña siente la necesidad de cantar. Y lo hace sin saber que más adelante esta vocación infantil no la abandonaría, hasta que, en su madurez juvenil, se dedica de lleno al flamenco superando el enorme respeto que le tenía dada su profunda timidez. Le pasa lo que a los toreros, que el miedo se les quita cuando ven salir al toro. Y lo digo porque, si es tímida, lo oculta muy bien en el escenario, aunque sea improvisado. Su afán por aprender le lleva, de manos de José “el de la Tomasa”, a la Fundación Cristina Heeren. De su paso por la misma, resalta la influencia de diferentes artistas con diferentes personalidades como Naranjito de Triana, el mismo José, Paco Taranto, Manuel Soler, Rafael Campallo, Miguel A. Cortés, J. L. Postigo, Manolo Franco, lo que le ayuda a poder desarrollar su propio estilo, su personal manera de entender el cante, sin ningún tipo de patrón. Artistas de reconocido prestigio como Rafael Campallo, Miguel A. Cortés, entre otros, solicitan su colaboración para sus espectáculos, siendo destacable la actuación en el Teatro Central de Sevilla en la pasada Bienal de Flamenco, con la obra Don Juan Flamenco, con la que realizará una gira internacional visitando países como Francia, Belgica y EE.UU. Su voz es una explosión de júbilo. Cantó unas sevillanas, bailadas por Marieta y Germán, que perdieron el aire populachero de que las han dotado y que las hace aparecer como apropiadas para la juerga, cuando son algo más serio, aunque sea festivo. En el próximo otoño saldrá al mercado su primer disco en solitario, donde se recogen los principales palos del flamenco, bajo la producción del prestigioso maestro Miguel A. Cortés. Y bailó y hubo duende. Pero ese es otro mundo en el que, por ahora, no vamos a entrar. Sus allegados dicen que su marcada personalidad se caracteriza por una dulzura emocionante en el tratamiento del cante, la profundidad con que aborda los estilos y la belleza de su melisma flamenco. Su largueza cantaora, su afición y su total dedicación a su profesión son contundentes razones para saber que estamos ante una de las jóvenes intérpretes con más proyección en el panorama flamenco actual. Y así lo entendimos quienes tuvimos la suerte y la desgracia de comprobarlo personalmente. La suerte, porque hacía años que no escuchaba nada igual. La desgracia, porque sólo fue una ráfaga de voz y de luz que duró lo que dura el destello de una estrella en el cielo intenso de nuestro sureste en una noche cualquiera.
Aunque hubiera sabido que SONIA MONTES iba a actuar casi al final de la cena como un regalo de boda para sus amigos Germán y Marieta, hubiera hecho lo que hice porque no sabía quién era y ellos sólo decían que, al final, habría una sorpresa. Es más, para conocer su nombre tuve que esperar a que los contrayentes regresasen del viaje de novios, como ya dije estando debajo de la hoja de la lechuga, concretamente en la número once, la de los flecos de suciedad y otras noticias. Pero, a la hora de los puros, habanos claro, que los otros, si son de este mundo, no están aquí afortunadamente, cuando hasta los postres se han servido y los recien casados cogen una espada para partir la tarta nupcial, que por todo eso hay que pasar, y se está a punto de tomar el primer cubata de la noche, una pequeña avalancha de gente, que ya debía conocerla, tomó posiciones avanzadas y, aunque uno intentó llegar lo más cerca posible, me hubiera gustado sentir moverse el mantón de manila por el aire de sus manos describiendo arabescos en el silencio sonoro de su voz, el meneo de su brazo acompañando el cante, como eco de su propia emoción, cada vez el círculo se hacía más pequeño. Así que opté por mirar y escuchar al principio lo más cerca posible; más tarde, sentado a la mesa, oía no muy lejos su canción modulada, grave o aguda según marcaba el ritmo, la letra, el corazón; de cuando en cuando, me asomaba, interesado, al pequeño escenario improvisado y volvía a la soledad de la mesa, todos en el círculo, los de atrás empinados sobre los talones. Concluyó pronto para las ganas que tenía yo de disfrutar su amistosa actuación, que la artista estaba recién llegada de viaje y, sólo por deferencia a la pareja de amigos, había hecho un hueco para rendirle su homenaje particular. Seguramente regresaba del Festival Flamenco de Tel-Aviv, Días de Flamenco. Sonia Montes es un rayo de luz en una noche rota. Su voz es lo más parecido a un misterio. Porque interpreta cada palo con el rigor que merece y cada canción es un sentimiento herido que narra una pasión o deja entrever un girón de vida hecha música que se rompe en silencio o llanto, en gemido o delicada timidez que sólo sabe huir de la pena con la maravilla de la voz que suena y se pierde y regresa y enerva el sentido y penetra en el corazón. Porque letra, música y son, el acompañamiento de guitarra y caja y la misma presencia que consagra la emoción del momento, forman un todo tan unido como el alma y el cuerpo que es el lugar de la resonancia perfecta para una voz tan delicada, tan personal, tan dulce, tan educada. Tan cariñosa. Me parece a mí que Sonia Montes es su nombre de guerra musical. Nació esta criatura en Isla Mayor (Sevilla) y se crió en las marismas del Guadalquivir. El amor, que como dice mi otra voz, la de Diana Navarro, es una barca que me lleva hasta el dolor, la arrastró hasta Almería, ciudad en la que reside todo el tiempo que puede pasar en su casa, pues me ha salido viajera la niña. Sonia, me dicen, viene interviniendo por toda la geografía flamenca, cantando en las principales peñas de España. Han sido varias las visitas a las peñas flamencas de Lorca. Fuera de nuestras fronteras, son destacables sus participaciones en Festivales Internacionales en Nueva York, Berlín, Grenoble, Miami, Lille, entre otros, y, recientemente, el pasado 19 de febrero, en el prestigioso teatro Dekleine Komedie de Ámsterdam, el auditorio de Roquetas de Mar actuando junto a El Cigala y hace apenas un mes en Israel. Confiesa su temprana atracción por el cante, pues para el arte de la copla, de la seguiriya, de la soleá, como para el toreo, se ha de nacer. Desde pequeña siente la necesidad de cantar. Y lo hace sin saber que más adelante esta vocación infantil no la abandonaría, hasta que, en su madurez juvenil, se dedica de lleno al flamenco superando el enorme respeto que le tenía dada su profunda timidez. Le pasa lo que a los toreros, que el miedo se les quita cuando ven salir al toro. Y lo digo porque, si es tímida, lo oculta muy bien en el escenario, aunque sea improvisado. Su afán por aprender le lleva, de manos de José “el de la Tomasa”, a la Fundación Cristina Heeren. De su paso por la misma, resalta la influencia de diferentes artistas con diferentes personalidades como Naranjito de Triana, el mismo José, Paco Taranto, Manuel Soler, Rafael Campallo, Miguel A. Cortés, J. L. Postigo, Manolo Franco, lo que le ayuda a poder desarrollar su propio estilo, su personal manera de entender el cante, sin ningún tipo de patrón. Artistas de reconocido prestigio como Rafael Campallo, Miguel A. Cortés, entre otros, solicitan su colaboración para sus espectáculos, siendo destacable la actuación en el Teatro Central de Sevilla en la pasada Bienal de Flamenco, con la obra Don Juan Flamenco, con la que realizará una gira internacional visitando países como Francia, Belgica y EE.UU. Su voz es una explosión de júbilo. Cantó unas sevillanas, bailadas por Marieta y Germán, que perdieron el aire populachero de que las han dotado y que las hace aparecer como apropiadas para la juerga, cuando son algo más serio, aunque sea festivo. En el próximo otoño saldrá al mercado su primer disco en solitario, donde se recogen los principales palos del flamenco, bajo la producción del prestigioso maestro Miguel A. Cortés. Y bailó y hubo duende. Pero ese es otro mundo en el que, por ahora, no vamos a entrar. Sus allegados dicen que su marcada personalidad se caracteriza por una dulzura emocionante en el tratamiento del cante, la profundidad con que aborda los estilos y la belleza de su melisma flamenco. Su largueza cantaora, su afición y su total dedicación a su profesión son contundentes razones para saber que estamos ante una de las jóvenes intérpretes con más proyección en el panorama flamenco actual. Y así lo entendimos quienes tuvimos la suerte y la desgracia de comprobarlo personalmente. La suerte, porque hacía años que no escuchaba nada igual. La desgracia, porque sólo fue una ráfaga de voz y de luz que duró lo que dura el destello de una estrella en el cielo intenso de nuestro sureste en una noche cualquiera.

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