La hoja de la lechuga

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martes, marzo 28, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 26


26. Los soliloquios del solitario (y II)

Con motivo del congreso sobre José Musso Valiente, pregunté a una catalana de pro su opinión sobre esto que ya ha llegado. No es que yo sea un fenómeno de la anticipación, sino que se veía venir y ya me preocupaba. No la vi muy favorable, supongo que no intentaría disimular ante un castellano que ve a todas las autonomías españolas a la misma altura y al que, al fin y al cabo, sólo entiende esto como una puñalada a traición, sobre todo política, pero nada más. Instada por mí a manifestarse, me contestó más o menos así: vamos a ver qué pasa. Pues ya lo sabemos. Y en estas estamos, a ver qué sigue pasando. Se espera que se imponga la pericia política. Un paso así, si se lleva a cabo, debe ser obra de todos, no sólo de una parte contratante.
Hoy es 8 de octubre. Y a las 19 horas de esta tarde en la que el sol inunda el lugar en el que escribo y el mar es un mundo azul con un iris de atardecida. Alguna barquita atraviesa sus aguas y por encima de los montes cercanos el sol que se pierde deja una estela rojiza. Escribo esto que se publicará cuando Dios quiera, perdida su actualidad. Pero esta es la grande y servidumbre de un semanario como el nuestro: Arco Mediterráneo
Ibarretxe dice que “el futuro de Cataluña y de Euskadi no se puede decidir en Madrid”, pero, por la misma regla de tres, el futuro de España no se puede decidir en Cataluña y/o en Euskadi. Entre estas dos autonomías, existe una enorme diferencia: en Cataluña no funcionan las pistolas. Quizá, solucionar estos problemas seculares, sólo se pueda llevar a cabo cuando los políticos dejen de mirarse el ombligo y practiquen la verdadera política: la soberanía recae en el pueblo y el político debe interpretar lo que el pueblo quiera, no hacer sus propios planteamientos con la excusa de que tiene los votos.
Sin duda alguna, la democracia debe respetar las minorías. Pero esas regiones que se quieren autodefinir como pisoteadas por la que llaman España como si fuese algo espúreo, y habría que tratarla como lo que es y significa, que se quieren ir, invocando no sé qué males, agraviados y malcontentos, del terrotorio común, no son minorías. Primero: si obedece a males pasados, ya son pretéritos y no se dan en la actualidad por más que jueguen a victimismos. Segundo: de minorías nada. Son autonomías del mismo rango que las otras quince. Autonomía no implica autodeterminación. Claro que ser autonomía no implica ser autónomos, sino solidarios. Su límite está en el que marca la Constitución. Y esa fractura que pretenden, esa secesión del mapa hispánico, se va a repetir en cualquier momento. Es un bonito espectáculo revivir la incivilidad de los carlistas-cristinos o los agravios de los catalañes perpretados por el gobierno de Madrid, cuando por encima de nosotros ha pasado tanta historia. Señores, ¿se les ha parado el reloj de la historia o no tienen memoria histórica? La democracia implica el que cada uno de los representantes del pueblo, elegidos por el pueblo, represente la parte de votos obtenidos. Es contra natura el que un señor con bigote zahiera a España por su clamor independentista con cuatro votos de nada y por una actitud política de convergentes descontentos y maragallianos en busca del tiempo perdido. Y lo es más porque Maragall le da cancha para mantener el poder. Y lo es más porque, para anular a la oposición, se hace lo que haga falta, siempre desde la inexperiencia y sin sentido común. Alemania ha dado un ejemplo político, no sin luchas partidistas, pero se ha impuesto el sentido común, porque hacía falta un gran pacto entre los partidos mayoritarios para llevar a cabo un programa que es necesario para que el pueblo alemán salga de la situación en la que actualmente se halla porque está haciendo un enorme esfuerzo para salvar su economía tras la unificación de las dos Alemanias para que no haya ciudadanos de primera, segunda y tercera, según el desarrollo de cada región. Por eso, cuando Artur Mas declara que a medio plazo todas las autonomías tendrán que vivir de su propio esfuerzo económico y fiscal, se retrata, aunque parezca un galán de cine maduro, está demostrando lo que significa ser insolidario, cómo mantiene el dicho antiguo de que el que no llora no mama y de que ha puesto la pela por encima de cualquier otro concepto o criterio humano y humanista. Ya está bien de creer que los catalanes han crecido tanto porque son más trabajadores que los murcianos, andaluces y extremeños, cuando eso no es así. Les podemos preguntar qué ha aportado a su economía regional la emigración de gentes de estas regiones. Porque me parece obvio que si desde el Estado franquista se hubiera invertido en Extremadura lo mismo que se hizo en Cataluña, llámese Barcelona, porque quizá para ellos mismo Cataluña es Barcelona, las Hurdes serían ahora un paraíso turístico. Y casi todo ese progreso económico se debe a esos brazos que, al parecer, en sus tierras de origen no eran trabajadores.
Bien. Todas estas reflexiones no dejan de ser tontunas producidas por la irritación sorda que ha originado el tripartito y parte de un partido que se ha dividido ante este nefasto sobresalto al que ellos mismos tendrá que poner coto. Porque cerrar estos afanes independentistas no será posible mientras la gente política se mire el ombligo y se crea que son ellos mismos los generadores del poder que ostentan. Claro que, disponiendo de la enseñanza/educación (poca) y creando hornadas y hornadas de analfabetos integrales, es decir, productos alienados de la cultura de masas, es decir, apocalípticos e integrados, como Umberto Eco decía, poca resistencia política van a encontrar de esas masas sociales ante las incongruencias e insansateces que nos brindan personas a las que el respeto evita descalificar, pero no nos impide preguntarnos en manos de quiénes estamos. Ahora bien, si los ciudadanos de la pell de brau votan que sea como ellos dicen, pues perfecto, con la inquisición chitón. Pero desde la chulería, desde la creación del desconcierto, la ceremonia de la confusión, del sueño de una noche de poder me parece lo mismo que instalar el absurdo en unas relaciones normales y fluidas. Señores implicados: hay cosas que no se tocan para mal, como la madre de uno.