La hoja de la lechuga

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martes, marzo 28, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 27


27. Ficción y autobiografía

Cuando se me convocó para escribir lo que después llamo lechuga, aunque por poco tiempo, no tenía, ni tengo, plan alguno. Es difícil, escribiendo en un periódico local, no hacerlo sobre cosas locales que, en definitiva no van más allá de las paretas de San Diego, como decía mi madre. Es decir, no trascienden más allá de nuestros propios intereses. Tras algún que otro penduleo y una llamada al orden por preguntar si una hoja de lechuga vale/cuesta más o menos que un anuncio por palabras, encontré una fórmula viable para expresarme en la que cupiera de todo. Si se conoce algo la literatura española, se comprobará cómo, en el siglo XVIII, para reconvenir o educar o reducir al silencio al pueblo, los ilustrados neoclásicos utilizaron la fábula. Lo que me pasa cuando escribo es que se me agolpan tantas cosas que quiero decir que, amén de perder el orden, la cosa se vuelve oscura. Por ejemplo. Quiero decir que algún día escribiré sobre la reducción al silencio. Las consecuencias de ella es la misma que se deriva de una actuación políticamente correcta. Es decir, anarquía sí, pero dentro de un orden. Como se observa, he alterado el curso del pensamiento primero sobre el que debo volver. Pero, como he introducido lo de la fábula, debo explicarlo. Cuando en el XVIII querían decirle a alguien que era un mentacato, se lo explicaban por medio de una fábula y de este modo ejemplificaban. Recuérdese, señoras y señores de la ESO, la de la mona: Subió una mona a un nogal / y encontrando una nuez verde / en la cáscara la muerde / conque le supo muy mal. / Arrojóla el animal / y se quedó sin comer. / Así suele suceder / a quien su empresa abandona / porque encuentra, como la mona, / un principio que vencer. He repetido de memoria lo que aprendí quizá sin tener diez años: perdonen si he cometido algún error. Era un modo de decirle inconstante a un príncipe, perdón, ese fue Calderón, a un joven que abandonaba casi todo lo que empezaba. Al primer obstáculo, pues dejaba el trabajo. Pues bien, retomando el hilo, Walt Disney, ponía en boca de animales lo que quería decir a los humanos, porque lo que pretendía era moralizar, señalar los defectos humanos pero en animales humanizados para que nadie se sintiese señalado y fuese al sicólogo al punto. Así que digo, parafraseando a La Codorniz, la revista más audaz para el lector más inteligente, que sólo al que le gusta la verdura entiende la lechuga. Pero, vivimos en un pueblo inteligente porque muy muchos me hablan de ella. Y hay algunos que han estado preocupados por mi enfermedad hasta leer el síndrome metabólico. Hasta me han llamado por teléfono para preguntarme por mi salud. Si dijese que no he estado mal, mentiría. Pero no todo lo que he contado es tan así. Pero he querido ponerme de ejemplo porque así nadie se daba por aludido. Tranquilízense mis amigos. Estoy bien ahora. Los médicos de familia, en mi infancia de cabecera, son los más listos para callar al enfermo sin contentarlo porque no pueden. Te preguntan tan serios después de decirles tú que te pasa esto, eso y aquello: ¿Cuántos años tienes? Y le contestas. Voy a cumplir sesenta y seis. Pues tienes un cuerpo de un hombre de sesenta y seis años. Y te vienes tan contento de la consulta. Mas, cuando reflexionas, te cabreas contigo mismo: ¿es que por tener la edad que tengo no puedo tener una mejor calidad de vida? Bien está que se me haya insubordinado la entrepierna, digo la próstata. Bien está que no se regule la tensión. Bien está que debas abandonar tus costumbres. Y ahí es donde me rebelo. No beba usted más vino. Como si uno hubiese estado toda la vida como Noé, por poner un ejemplo. Así que, como a la subida de un puente y a la bajada de otro ninguno que beba vino le diga borracho a otro, para mostrar y hacer entender que hay que hacer caso al médico, me pongo yo como ejemplo del malestar que produce beber vino. Y cuando hay que elegir un color me pongo como ejemplo de azul, aunque haya otros que lo sean más que yo y que San Francisco sea un hervidero a pesar de las bodas. ¿Bodas? Sí, bodas. ¿Te disgustan? A medias. ¿Por qué? Porque visten de blanco. Pero hombre, ¿una novia de azul? ¿Veis? Esto es lo que constituye la esencia de un artículo. Jugar con las palabras, darles un doble sentido para que se ponga en juego la agudeza de ingenio del lector e interprete el sentido de lo dicho. En todos los artículos hay más ficción, es decir, cosas inventadas o que se te ocurren cuando estás delante de la página en blanco (en este caso la pantalla del ordenador), que autobiografía, es decir, cosas de uno mismo, aunque las cosas de uno mismo son las que te sirven para el hilo del discurso, o sea, para decir la fábula o paradoja de lo que quieres que el ciudadano haga o diga. Si digo kultura es para que la gente haga cultura. Y si digo qué bien que lo pasemos cuando hemos hecho una tontuna es para que nos demos cuenta del disparate cometido y no volvamos al error. Dicen que el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Pues sólo pretendo que propiece una. Y si yo digo qué bueno es este libro es porque, habiendo yo disfrutado con su lectura, disfruten los demás si lo leen. El otro día, en Calabardina, ya hablaban unas señoras de lo poco cívico que resulta poner la sombrilla a la mañana por la mañana temprano justo en el lugar hasta donde llega la ola sencilla de la mar de aquí. Pues de eso se trataba. De que lo viesen así. Por ello, mi queridos amigos, mis queridas amigas, aprended a ver cuándo lo que digo en un artículo es ficción o es cosa personal. Así no os preocuparéis por el amigo. Aunque lo agradezco, pues para eso todos somos hijos de vecino. También mi madre decía esto, pero…¿qué querría decir?