La hoja de la lechuga

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martes, marzo 28, 2006

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 29


29. Diana Navarro, en concierto.

Si por algo me hubiera gustado estudiar en la universidad medieval es porque, con siete asignaturas, el trivium (gramática, retórica y dialéctica) y cuadrivium (música, geometría, astronomía y aritmética), hubiera sido un sabio. Viene esto a colación porque hubiera sabido música suficiente para conocer y entender las canciones de aquel tiempo. Hoy, para saber medianamente por dónde anda la cosa musical, hubiera debido estudiar solamente música. De este modo, hubiera sabido interpretar el significado de la irrupción en el mundo musical de María del Mar Bonet, por su análisis, como cantautora, del folklore, en su caso primeramente localista y balear, hasta llegar a una mediterraneidad, al principio de ámbito lingüístico catalán, y su mestizaje con las músicas norteafricanas, concretamente con las tunecinas, con las magrebíes en general, y mezclarlas a lo largo de los treinta y tantos años de su carrera con otras músicas afro, brasileñas y centro europeas, enraizadas en el folklore popular del que bebe. Por ello, en el año 1985, fruto de su interés por la música del Norte de África, aparece su disco Anells d'aigua, con la colaboración del Ensemble de Musique Traditionelle de Túnez, con quienes efectúa una gira por el estado español y Francia. También hubiera sido capaz de conocer hasta dónde ha llegado su influencia en las nuevas generaciones de cantaoras que llegan a este tipo de canción aflamencada desde sus raíces flamencas. Pues bien, sin esta mescolanza, hoy no se entendería la música de Diana Navarro, frecuentemente citada en mi sección Debajo de la hoja de la lechuga, en donde ya he explicado cómo llegué a su conocimiento musical, pues el físico, fuera de haberla visto por la televisión, se produjo el viernes 18 de noviembre de este año de gracia, en el Teatro Guerra. Paso por alto la necesidad de tener un más amplio auditorio, paso por alto muchos comentarios sobre la recepción del espectáculo porque lo que me interesa es Diana Navarro, es decir, “hacer diana en Diana”. Eso sí, quiero significar que, al menos para mí, no es lo mismo escuchar a esta cantante en el teatro que en un concierto al aire libre. Porque, aunque el público iba predispuesto, conocedor hasta la saciedad, bueno, esa nunca se produce, del producto que presenta Diana Navarro, no es lo mismo meterse dentro del rollo desde una butaca que desde otro lugar como hubiera sido el castillo o fortaleza del sol, como se lee por ahí en la cosa del taller del tiempo. Diana Navarro es una bella mujer que juega con las manos, con la expresión corporal para subyugar a un público ya entregado, público, por otra parte, heterogéneo. Digo esto porque bastantes iban o querían haber escuchado a la Diana flamenca, a la Diana de la copla. Pero vimos a la Diana del disco. Tiene buena y potente voz, sabe modular y es un torrente de fuerza expresiva porque entra dentro de la letra, en general muy bella, de las canciones que interpreta, dice, canta. En ocasiones se entrega y el espectador sale reconfortado, porque el meneo cadencioso de manos, caderas y cuerpo entra en la tradicion árabe y dejos de su música son perceptibles en muchas de sus canciones. Lo digo como elogio. Como la rigidez de la música actual, domeñada por los intereses crematísticos de todos, impone el programa de un concierto, vino a Lorca, como irá a otros lugares, a cantar las canciones de su disco. Sólo por escucharla y verla en su genial interpretación de la saeta, mereció la pena ir al Teatro. Su intervención, basada, como he dicho, en el disco, tuvo un intermedio en el que cantó y narró musicalmente alguna que otra copla, pues no pudo olvidar sus orígenes. En este entreacto, jugó con el mantón de manila que sabe llevar dignamente y que caracolea y resbala cuando parece que cae, pero sólo es un efecto teatral en el que deja entrever un cuerpo magnífico que entrevela y oculta en un coqueteo inocente que forma parte de su particular coreografía. A mí me hubiera gustado escucharle algún cante más puro, alguna seguiriya, alguna soleá, algún cante recio. Pero ella vino a lo que vino y a fe que lo hizo con mucha dignidad, mucha profesionalidad, pues debió encontrarse a gusto, sin perder la cabeza, eso sí, y echar por el camino de en medio, el que nos hubiera gustado: la interpretación de canciones menos conocidas pero más flamencas, en una palabra. De todos modos, sigo siendo su fan, quizá, y sin quizá, sea la primera vez que, desde mi ya lejana juventud en la que me gustaba la Masiel de Mirlos, molinos de vientos y al sol, es decir, Rufo el pescador, no me haya dejado seducir por una música popular. Sin embargo, Diana Navarro me parecía más genuina cuando interpretaba a García Lorca, Federico, pues en ella había deseos de llegar y ahora, casi al final del camino del éxito, hace música bella pero más comercial. Espero con interés su nuevo disco y seguiré citándola en mi lechuga, aunque ahora ya es mucho más conocida que cuando yo hablaba de ella. Mis amigos ya no me preguntan quién es esa porque ya tiene sus coplas y me avisan cuando sale en un video clic. ¿Se llama así? Ella es Diana Navarro, señora de la música, para la que el amor tiene una barca que es ritmo, poesía, cuerpo y sentido, voz y estilo. Por ello, busca quien haga diana en Diana y juro que los encuentra.