La hoja de la lechuga

Artículos aparecidos en ARCO MEDITERRÁNEO.

miércoles, septiembre 14, 2005

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 3


3. Lo que trae la lluvia cuando llueve
Han sido más de setenta las novelas llegadas al Premio de Novela Corta Casino-Ayuntamiento de Lorca. No he tenido oportunidad de hacerle llegar esta noticia a José Morlanes, ya en la eternidad. Sí a Pepe Ballester, algo pachucho. Ya le puse a ambos la novela ganadora de la convocatoria anterior en su buzón y sólo uno podrá acompañarnos en el fallo que tendrá lugar el próximo mes de mayo. Han sido algo tristes febrerico el corto y el comienzo de marzo en franca huida, que, cuando no marcea, ventea. Y quizá la lluvia pasada ha sido la culpable. Hasta yo, que evito el anticipo del pronóstico de la temperatura desde aquel “parte” meteorológico de la radio de los años cincuenta/sesenta, he estado pendiente de saber cuántos días me iban a encanecer las nieves simuladas en las sierras cercanas. No me gusta saber los días que vienen porque al cada uno –de los día, claro– le basta su afán y tampoco sé si voy a alcanzar el de mañana, ni falta que me hace. Eso sí, si sale un sol relumbrón me olvido del largo sendero del agua hacia el delta de cristal porque pienso que en el atrio hay un mendigo que no sé dónde va a dormir esa noche. Y si le regalamos un día soleado, la noche le será más propicia. Y sufrirá menos. Mi conciencia me reclama dar posada al peregrino, vestir al desnudo, consolar al triste, –eran obras de misericordia– y por eso me siento horrible, porque no lo cumplo, después de haberlo aprendido en los años en que afortunadamente era feliz e indocumentado, como el cubano-colombiano García Márquez, ya que se me han olvidado algunos de estos preceptos del bien común. Aquellos sintagmas en negrita proceden de los lemas de las novelas que han llegado al referido premio de literatura. Hay otros dos que no tienen desperdicio: me he decidido a darme cariño –pobre solitario, pobre señor Frodo, estando como están las ninfas a punto de reventar– y otra en latín –Quis custodiet ipsos custodes?– que traducida viene a decir algo así como ¿quién custodiará a los custodiadores? Yo siempre he dicho algo parecido: ¿quién controla el control?, aunque esto lo explicaré otro día. Así que, cuando llueve, ni me pongo melancólico, porque sé que el agua me salpicará los bajos del pantalón, me calará los zapatos alguna losa del pavimento que se mueve más de la cuenta o seré vilmente encharcado por algún infame que navega, nunca mejor dicho, sobre un coche imbécil y pasa a toda velocidad dejando tras sí un eco de música barata y alguna que otra persona calada hasta el paraguas que le estará enviando recuerdos al conductor y a toda su familia por su baja o nula educación cívica y vial. Porque parece que están buscando los charcos que se forman junto a las aceras para pasar por encima de ellos y dejar un reguero de estulticia. Claro que acaba de regresar la calma, el mar de Calabadina sigue como cuando apenas llegan los consumidores a su arena, sigo teniendo la misma necesidad de ejercer mi derecho a la soledad y al silencio, mientras espero con paciencia que mi albañil de esta temporada acabe la obra que está haciendo en el lugar de mi concordia. Por ello, casi todo ha cambiado, mi cumpleaños recién celebrado, y me doy perfecta cuenta de que soy ya un veterano de tantas lides que sólo busco el descanso del Guerrero del Antifaz, aunque María siga siendo una niña inútil por estrecha y Miriam provoque otras audacias. Pero de todo esto hace muchas décadas y ahora mi poco entusiasmo vaya por otros derroteros. Por ejemplo, ver en la tele jugar al Real Madrid con el Bujeque, que esa es otra historia. La de Mohamed Makrini, mi amigo después de alumno, que va buscando, iluso, mis libros por las librerías de Lorca y ya le he prometido obsequiarlo con algunos. Serafín se ha puesto contento porque los caballos vienen desbocados y él los parará en su sitio de siempre a partir de la semana que empieza. La Virgen de los Dolores ya ha sido el delirio de la carrera y el Pueblo Hebreo habrá juntado más participantes que el pasado año, como debe ser. Pero, lo bueno viene ahora, a galope tendido. ¿Ves que bien han quedado, amigo Cayetano, el boletín Azul y el libro? Sólo falta que el Jumondi salga “pa” España. Alejo, hazle ya la portada para que de nuevo nos lleve a “ca” el Chamones. Beber vino acompañado de dulce de membrillo es algo que no se ha visto jamás en Guadalajara.

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 2


2. De todo, un poco
La semana pasada no di una en el clavo. Me invitó Ángel con otros amigos al Rincón de los Valientes y no pude estar por un compromiso anterior. Tampoco pude participar del silencio del 11-M, ni acompañar a José Morlanes, fallecido en este mismo día, ni en una boda a la que estaba prevista mi asistencia. He estado retenido en cama por una inoportuna e insoportable gripe casi una semana. No me creas oculto para concluir mis tareas, que las voy sacando poco a poco, ni que esté con el rollo de las novelas que han llegado al Premio del Casino-Ayuntamiento de Lorca o preparando los PowerPoint para las conferenciantas del ciclo que tiene lugar en el Fondo Cultural Espín Mujeres lorquinas que hicieron historia diaria en el siglo XX. Ya ha concluido la primera parte en la que han actuado Rosalía Sala, Isabel García Amador, Sor María Jesús, monja clarisa, Juana Martínez Soriano, Ascensión Pérez-Castejón y María Teresa Campoy Camacho. Nula presencia juvenil. Aunque puedan parecer las batallas de la abuelita, en realidad es un recuerdo, un mostrar la realidad de una vida que fue la que nos tocó vivir y de la que se puede aprender. Así que espero nuevas caras los lunes entre el 4 de abril y el 2 de mayo. Y a otra cosa, mariposa. Mujeres de nuevo, en este caso azules, tres sin embargo, Alicia López, Carmen Menduiña y Ángela Chichoné, son las que han dado a luz un libro social –de acto de sociedad– sobre la Asociación de la Virgen de los Dolores, que supone una aportación más a la cultura Azul, al sentimiento Azul, que presentó días pasados Pedro Guerrero. Colean aún los comentarios sobre las Perspectivas… de las que di noticia la primera vez que me puse debajo de la hoja de la lechuga. Además de refrescarme en tiempo de agua –¡qué bella la nieve rodeando la ciudad, cuánta montaña nevada!–, he leído casi todo el texto. Es un ensayo, no un libro de divulgación, en el que se da carácter científico, es decir, hechos probados con documentos, del origen, desarrollo, evolución y actualidad de lo que fue hasta lo que es nuestra Semana Santa. Y, como al que cierne y amasa de “to” le pasa, unos han salido blancos y otros azules: cada uno lo ve desde su perspectiva y más de uno ha cogido enfado por un quítame allá esa nave, aquella puntada. Pero las aguas, como bajaban mansas, han acabado por volver a su cauce y cada mochuelo ojo avizor, no sea que alguno quede sin su olivo. Es un trabajo serio, científico, universitario, y como tal hay que verlo. Ahora comienza de nuevo el tiempo de las palomas y campearán por sus respetos sin darse cuenta de que los ciudadanos van a ponerse galas nuevas, de colores claros, para vivir la Semana Santa y esa eclosión de vida que es la nueva primavera que se anuncia friolera, mudable y encantadora como siempre. Tiene usted todo el derecho del mundo al decir tacos si su palomino cae sobre ese traje recién estrenado. Viejos papeles que no me sirven para nada, pero que tiro de tarde en tarde. Entre ellos, me ha aparecido un librito muy pequeño. Me lo regaló Jerónimo Angosto cuando tuve que pasarme unos días en el hospital. Me hizo una, creo que tímida, visita, departió conmigo y me dio el libro diminuto: El libro de la risa. En medio del dolor, su luz. Tiene ya diez años, es decir, ya sabe leer. Recoge una serie de dichos de gente más o menos conocida que, si no te provoca la risa, al menos te hace sonreír y es apropiado para los días grisáceos. Recojo un ejemplo: “Por fin soy periodista yo también y ya no me interesan los hechos” (Pat Buchanan). O este otro: “Mi abuelo era un hombre insignificante. En su entierro el coche fúnebre seguía a los otros coches” (Woody Allen). Humor muy inglés, muy ajeno al nuestro, que nos reímos –dicen– hasta de nuestra sombra, aunque yo pienso que de la sombra del otro. Quizá, lo mejor del libro sean las ilustraciones. Y pintura reciente la que expone Joaquín Castellar en el Salón de Baile del Casino. La pintura de Joaquín, bella como siempre. Las pinturas del Casino deterioradas. Ya hice un informe en su día a sus dirigentes para que buscasen el modo y medio de su restauración. Espero que se proceda mientras sea posible. Si esto continúa así, se perderá el penúltimo techo que queda de Cayuela, pues hay otro, pero en la sala de recuperación. No sé dónde me he enterado que Tana García Mínguez está acabando su tesis doctoral sobre –creo– las ilustraciones de algunas de las colecciones de novela corta de comienzos del siglo pasado. Estará preparada para septiembre y de ella me han hablado de modo favorable. Esperaremos. Son aportaciones a nuestra cultura que, si bien se internacionaliza, hay que recoger, no sea que con tanta globalización un día olvidemos nuestra raíces y sólo sepamos que el dinero ayuda a soportar la pobreza. Y, cuando el que aguante haya leído esta hoja de lechuga, ya habrá disfrutado de las primeras procesiones de nuestra Semana Santa, la Virgen Azul habrá leído sus Variaciones sobre un mismo dolor y Nuevos poemas azules y yo ya estaré en mi lugar de vacaciones lo más solitarias posibles.

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 1


1. Jamás pediré socorro, mientras haya un libro
Acabo de regresar a casa después de estar en el Huerto Ruano, hoy, día uno de marzo, un rato más bien caliente, si tenemos en cuenta la temperatura, a la que no estamos acostumbrados, en la presentación de un nuevo libro que trata temas cercanos a nuestras procesiones de Semana Santa. Son ya días próximos al gran acontecimiento que se inicia el Viernes de Dolores. No he tenido tiempo de leer el libro –hay que hacerlo con sosiego por lo denso que se adivina– en el que seguramente hay un acercamiento y desmitificación de cuanto por tradición o leyenda –léase oídas– teníamos en nuestra cultura procesionil. No hay más remedio que agradecer a Domingo Munuera Rico, Manuel Muñoz Clares y Eduardo Sánchez Abadíe su esfuerzo lector de legajos antiguos que encierran secretos de los lorquinos de entonces, su sentido investigador, su afán por esclarecer con documentos lo que los legos en esta materia no alcanzaríamos a saber sin su afán intelectual de poner las cosas en su sitio, aunque su eclecticismo científico no esté al alcance sino de los que se ocupan de estos menesteres. Perspectivas de la Semana Santa es un libro que hay que leer a pequeñas dosis porque me parece tan serio, tan exigente, tan neutral, que se debe incorporar al fenómeno procesionil desde una óptica nueva, desde el sosiego de la lectura reflexiva. Por el Huerto Ruano desfilaron y conversaron los presidentes de los Pasos, las autoridades, los estudiosos, los interesados y los amigos de los autores del libro, que para eso nos llamamos así y, por eso, el que habla paga. Tengo plena seguridad de que los numerosos especialistas del fenómeno religioso tendrán en este libro una exégesis de cuanto es y supone el origen, desarrollo, transformación y adecuación a los tiempos actuales de Hermandades y Cofradías. Y, sin duda, será un libro a tener en cuenta desde su aparición en nuestra ciudad, lo que la hará punto de referencia.
Así que nada más propio para el nacimiento de una nueva cabecera de prensa en Lorca, incardinada en ese arco mediterráneo que es la información que trasciende y acerca el acontecer diario de esta ciudad y de otras a las que llegará de manera inmediata, que escribir de libros, porque, si algo llego a saber, lo aprendí en ellos y de ellos me sirvo para expresar cuanto he de devolver a la ciudad que me vio nacer, porque si no doy lo que tengo para qué me sirve; si escondo mi luz debajo de un celemín, ella sola se apagará. Es decir, lo que parece decir el que cantaba sólo digo mi cantar a quien conmigo va. Claro que he de adaptar mi mentalidad, acostumbrada al litoral mediterráneo, para que en lugar de ser tortuoso mi escrito, como una costa marina, la del otro lado de Cope, se haga curvilíneo, como el arco que esperaba aquella griega cuyo esposo anduvo de aventuras y quizá no se atrevía a regresar a su casa por si su cónyuge le atizaba con la badila del brasero, aunque, según dicen, por aquellos lares no hacía frío y siempre se andaba con el néctar y la ambrosía. ¿Qué hubiera podido pasar en el mundo heleno si entonces se hubiera conocido la Coca-Cola?
Y si con un libro me acuesto, con otro me levanto. Porque me he prometido acabar hoy –el día en el que escribo– otra bella publicación, de la que pienso hacer una reseña cuando la concluya, que me ha enviado desde París mi amigo Juan Pedro Quiñonero, lorquino de Totana, corresponsal en las Francias del ABC, diario madrileño. Se titula El caballero, la muñeca y el tesoro. ¿De qué trata? He de acabar de analizarlo, pero anticipo que es una fábula moral, según se lee en la contraportada. Seguro seguro que no ha llegado a las librerías de Lorca porque lo ha editado una editorial catalana que se enfrenta “al orden mercantil que trata de someter la literatura y el pensamiento a los criterios de éxito y rentabilidad”. Se llama Ediciones Áltera, de alteridad, es decir, “la pasión por la belleza y la verdad, por la literatura y el pensamiento”. Ya les diré. Y contaré cosas de este hombre que ha donado parte de su biblioteca a Lorca y por no sé qué entuertos todavía no ha llegado aquí y queda detenida en un áspero almacén polvoriento de una agencia de transportes de Almansa, a pesar de las innúmeras llamadas que se le hacen para que los envíe. Siempre, siempre, hay una voz cansina al otro lado del teléfono que, como si fuera un soneto, siempre responde que mañana los envía, para lo mismo responder mañana, y nunca llegan. Pero otro día contaré esa historia. Lo de hoy es celebrar que acabo de escribir mi primera hoja de lechuga para este periódico mientras estaba la pájara pinta sentadita en su verde limón y alguien tenía puesto su corazón debajo de la capa de Luis Candelas.