La hoja de la lechuga

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viernes, octubre 28, 2005

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 7


7. Entre verbena y perejil, lechuga
Me recomendó Helga Hediger hace ya bastante tiempo que adquiriera un CD de Diana Navarro. Como mi cabeza es un Musso, se me olvidó. Mas ella me dio, tampoco recuerdo cuándo, una cinta con las canciones cuya interpretación quería que disfrutara. Se titula Homenaje a Federico García Lorca, cuyo hálito romántico aún se mueve por la Europa que nos quitará las corridas de toros y otras comedias bárbaras –según ellos, que a mí me parecen costumbre típicas– que por sí solas se irán al garete, que no hace falta ayuda foránea para que las cosas desaparezcan. Dentro de nada, ser localista tendrá chance porque, en caso contrario, el hecho diferencial se irá al carajo y alguien tendrá que conservar nuestras raíces históricas y familiares. Pues bien, Diana Navarro canta el Zorongo gitano, Los mozos de Monleón, La morillas de Jaén, El Café de Chinitas, es decir, las conocidas que aparecen en las Obras Completas de García Lorca.
Y allí están también Las tres hojas:
Debajo de la hoja
de la verbena,
tengo a mi amante malo,
¡Jesús, qué pena!
Debajo de la hoja
de la lechuga,
tengo a mi amante malo
con calentura.
Debajo de la hoja
del perejil,
tengo a mi amante malo,
no puedo ir.
Así que, cuando me llamaron del Arco Mediterráneo, como quise que la cosa fuese irónica y por si alguna vez pasaba calentura crítica o me daban un repaso, crítico también, por verter alguna opinión dolorosa, me refugié debajo de la hoja de la lechuga. A más de uno le hubiera gustado estar el otro día en la redacción o lo que sea de este arco sin triunfo aún que llevarse al sitio. María José haciéndome fotos hasta que encontró mi lado más chic, es decir, con el que salgo en esta columna; la cinta a todo trapo con la Diana Navarro dale que te pego una y otra vez hasta que se aprendieron los presentes la hoja de la lechuga, música y letra; cada uno haciendo al mismo tiempo lo suyo; cinco ordenadores encendidos; alguien que quería comprarse un chalet en Marchena y yo deseando acabar para venirme a Calabardina. Pero así está esto. En el mismo momento en el que las cosas se masifican, pierden su encanto. Como pierden su compostura algunas casas porque las vallas que deben ocultarlas de miradas inoportunas han sido alcanzadas por el graffiti insultante de ahora, que no el hip hop. Calabardina ya no es lo que era. Hasta la cerveza está más cara que en Lorca. Pero bueno. También ha subido la gasolina. Y se nota, aunque, en parte, me conviene. Me quedo en la playa y así gasto menos combustible yendo a la Lorca internacional que “semos”.
Me han invitado a dar una conferencia en un curso sobre Eliodoro Puche, poeta maldito. Eso de medir a un poeta por los litros de vino que se ha bebido en lugar de por su calidad literaria tiene su no sé qué: puedo analizar su hígado en lugar de su spleen u otros temas literarios; detenerme en el aliento alcohólico del poeta en lugar de analizar el hálito poético que le hacía escribir bellos poemas; decir que era un energúmeno, grosero, asqueroso, mal vestido, o sea, cuanto se le atribuye al maldito, en lugar de anunciar que he hallado inspiración, sentido poético y rasgos humanos en sus poemas. De todos modos, lo que diga no va a servir de nada. Me gustaría más que Eliodoro entrase en la literatura por la puerta de su calidad poética que por la de una taberna. Claro que así comenzó con él Cansinos Assens, a pesar de El movimiento V. P., y tampoco le anduvo a la zaga César González Ruano, quien le hizo pasar a la eternidad con el calzoncillo asomado por la cintura del pantalón, entre ambos creadores de la leyenda. Posiblemente, antes de iniciar mi intervención, me tomo un cubata y que salga el sol por donde quiera, Antequera. Entonces hablaré del mito de la ciudad muerta y otros motivos en la poesía de Eliodoro Puche. Y seré abucheado. Pero nadie sabrá que después seguiré con las dosis y, ya Eliodoro –o sea, beodo– , me diré maldito seas. Así será más fácil que llegue a ser una hoja de lechuga.

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 6

6. ¿A cómo se paga el folio de anuncio? ¿cuánto cuesta el folio de artículo?
Ha proliferado hasta más allá del completo –overbucking– la prensa gratuita, desde la diaria hasta la mensual, incluida esta en la que escribo. Le he preguntado a Luis Mariano: ¿es esto un chollo o rebajas de invierno? E insinuante, quizá lascivo, me contesta muy al estilo armario: no sé por qué ha sido. Eso será la primavera, le contesto colérico. Y el muy bribón sigue en su cabriola: gardenias para ti traigo yo. Y para no irme con él a su rincón de la Alhambra, me la sigo machacando –la cabeza– y me retiro a mi lugar para analizar el fenómeno. Ha aparecido una Línea nueva, un Faro nuevo, un Mundo nuevo –falta haría–, y eso en cuatro días, y todos comen teóricamente del mismo pesebre. (El ángel de la mala leche sonríe, ladino, y se frota las manos porque ya ha visto una mecha encendida). Cuando digo pesebre, me refiero al mundo de la publicidad, sostenido a su vez por el mundo inmobiliario o por un mundo imaginario. (El ángel de la cosa inicia una breve retirada y me promete una nueva subversión). Si es cierto que casi todos estos periódicos casi sin línea editorial, casi sin contenido correcto, escritos casi desde el ombligo de cada uno de los neoperiodistas de afición, como el que se inspira debajo de la hoja de la lechuga y así no me confunde nadie, se nutren de la publicidad, es la que los llena y por ello el anuncio vale más que un artículo, se me ocurren dos preguntas: ¿qué vale un anuncio? ¿cuánto cuesta un artículo? (El ángel filólogo se carcajea, toma ya, y se hace daño en la entrepierna por hacer ese gesto a lo Moreno). Si para que un periódico se pueda sostener, el ejemplar debe salir ya gratis de la imprenta, y su pequeño costo quizá se deba al aumento del transporte por el aumento del combustible, ¿por qué no se organiza un buen periódico gratuito? (El ángel alcohólico se chotea: tienen que recogerlo en los bares). Claro que no sé si porque todo el personal se concentra en los tabernáculos paganos o porque, como el periódico es gratuito que lo paga la publicidad, que lo paga la inmobiliaria, que lo paga el dueño de la urbanización o del piso o de la parcela (y por donde va pasando va dejando dinero), da igual dónde se deje, tire o vaya usted a saber. Y otra cosa: el noventa por ciento de lo que en él se escribe no interesa. Y eso que los hay con vocación de información nacional, regional o local, de este, ese o aquel grupo prisasensio o vaya usted. Es así que eso es así, luego escribo porque me gusta leerme. Llegado a este punto del conflicto llamo a mi Arco para que me devuelva mi identidad perdida. No se puede poner la jefa que está de gestión. Estar de gestión es como decía el Lobo, nos vamos a la pub. Así que nos quedamos sin Lobo y nos ha crecido la Pub, hasta llegar a este galimatías que espero dure lo que dura un sueño. Por favor, me acaricia una voz estilo grandes almacenes, Sr. Lechuga, pase por dirección. Allí está: lo que dure un sueño no, lo que dure escribir su artículo, que para eso le pago. Si el café hubiera sido de máquina y me lo hubiera servido una rubia desportillada, me hubiera sentido periodista américano del tópico periodista americano. No, señorita, el café de máquina me produce dolor de estómago y he de correr al aliviadero. Pues deje de pensar y escriba. Si quiere que la gente sepa de JPQ, de la diferencia existente entre un libro social (el que se presenta en un acto de sociedad) y un libro intelectual, si quiere usted desarrollar esa ironía de casino con la que usted escribe, siga usted que a nadie importa lo que escriba usted, ni siquiera a la Pub. Ella escribe anuncios. Si quiere usted destacar, desarrolle la mala leche, calumnie si es que puede, hable mal del Real Madrid, y eso que ya está de moda pasada, y será usted un periodista que escriba anuncios, es decir, que gane dinero. Ella se lo perdió. Se me fue la cabeza. Me hubiera gustado escupirle en el maquillaje. Pero ya estaba fuera de la escena. Así que le pegué fuego al papel del periódico, al periódico de papel, a la cántara del agua, a la constitución del 12 y al sursum corda, como se decía antes de la penúltima transición sin saber qué significaba tamaño latinajo. Y me olvidé de pensar que tenía que pensar en este fenómeno que a mí ni fu ni fa porque yo no me juego mi dinero ni en las quinielas. Así que, cada uno haga su periódico, désele señas de identidad, póngasele cosa de interés, regálesenos, que al menos los jubilados no tendremos necesidad de acercarnos a la biblioteca para tratar de leerlos mientras soportamos las impertinencias de los jóvenes capullos en flor por las que han tenido que poner vigilantes privados en la biblioteca pública, no por los. Al menos eso es lo que he entendido de todo este discurso. Porque bien es verdad que si esto lo hubiera pensado alguno de los jóvenes de las impertinencias, algunos de los jóvenes no hubieran cometidos las impertinencias y no hubiera habido necesidad de poner vigilantes privados en una biblioteca pública. Así que, a leer periódicos, aunque sean gratuitos.

jueves, octubre 27, 2005

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 5


5. El adolescente arrasado por sí mismo
Supongo que habréis prestado atención a esta historia. Tenía dieciséis años e iba a completar un historial absurdo que hubiera pesado más que la mochila en la que llevaba los libros. Y, lo peor, es que no sabía lo que estaba haciendo ni por qué ha partido su vida en dos. Cuando ejercía, concluso ya mi camino entre la enseñanza autoritaria y la permisiva, aprendí que detrás de cada problema escolar había una situación familiar conflictiva, quizá afectiva, y por ende un problema social. Pero aún no habían llegado estas tragedias adolescentes. Podía haber sido hijo de alguno de nosotros. Claro que, como ha pasado en América, y nos cae un poco lejos, pensamos que nunca llegarán a nosotros estos sinsentidos. Pobre abuelo. Posiblemente era su nieto preferido o simplemente su nieto. Desde ahora no vivirá porque el chico ha decidido hacer un disparate. Bien es verdad que, privado del nieto, el abuelo sufriría. Pero también lo es que él perdería la compañía del viejo al que, por viejo, o por gruñón, o porque simplemente le reconvenía, o porque no tenía tiempo, o por vaya usted, había que quitar de en medio. Bien es verdad que, tal como está la cosa, puede pasar aquí y/o ahora. Esta lechuga la tengo amarga. ¿Dónde descansaría ahora su mirada? ¿Cómo se autojustificaría para resistir lo que le iba a venir encima y poder reconstruir una vida de sólo dieciséis años? Ni siquiera es odio. Quizá se haya creído Hitler. No es eso. Aunque lo sea. No funciona el chico porque todo le es dado, se le protege con exceso, se le evita que conozca el proceso entre el tener y no tener, entre el sí y el no. No se le enseña que cada cosa tiene un precio y un costo. Y que sólo llega lo bueno antes para los de siempre que para los que sólo luchan por mal vivir. Y que por alterar eso y hacer que la riqueza sea mejor distribuida merece la pena luchar dentro de las reglas del juego. O quizá se haya sentido discriminado, desposeído, un pobre perro sin lechuga sobre la que levantar la pata y mear. Entre lo autoritario y lo permisivo hay un espacio que debe ser recorrido con sentido social, con sentido de responsabilidad, con sentido moral. Por eso, además de que se le deben prestar a los ciudadanos, más a los desprotegidos, todos los recursos de la administración, no hay que vaciar una mente de valores morales y sociales, invocando la libertad, la laicidad y otras narices. Porque todo eso lo programamos, analizamos y ejercemos desde la adultez, pero estos pobres chicos lo recogen sin tener la misma formación que los que lo hemos pedido y regulado como si fuera la panacea a la que habíamos de llegar. Y de eso todos somos responsables: por acción o por omisión. Hasta yo soy responsable que estaba en Calabardina en busca de combustible interior. Hay que rearmar a esta juventud desvalorizada y sin muchas expectativas, educada para el consumo inmediato y sin otro sentido; hay que formarla moral, ética, social y estéticamente para que sepa el mundo que se va a encontrar y la responsabilidad que debe asumir. Tenemos que fomentar la formación individual, el que se sepa darle sentido a la vida, no a considerarla como si te la fueran a restituir de perderla. Tenemos que hacer que amen la vida sin meterlos en la nuestra, que no les gusta, mientras se les deja en una libertad que se han ganado con su propia formación. Sin citar otros valores superiores que ahora no son norma de uso quizá por su inadecuación a esta vida que no es la tradicional. No es esta lechuga un alegato con moraleja para nadie. Es simplemente la constatación de que excesos sin sentido como se conocen diariamente, en los que parece que la vida es lo que menos valor tiene, deben ser erradicados. Tanta violencia sólo engendra tanta violencia. Y que tan reprobable es un hecho contra una comunidad como contra un individuo. El vacío no debe ser el bagaje que un adolescente posea para caminar por la vida insolidaria de siempre, aunque ahora se nota más. Al menos, me queda una hoja de lechuga para ponerme a salvo. Otros ni la tienen, ni saben buscarla. El día veintidós de marzo, en el que tuvo lugar este hecho, en el que perdieron la vida unos seres que no estaban en ese rollo, es uno de los que no deben llegar nunca al calendario. Tan es así, que no tenía previsto este artículo para ser publicado como lechuga. Pero la actualidad se impone, aunque un semanario la pierde en ocasiones como esta, y no me parecía impropio de mi lechuga opinar desde la tristeza porque un ciudadano del mundo, adolescente, autista quizá por estar sólo dentro de sí y no abrirse y comunicarse a los demás, o por las circunstancias que no conozco y que vaya usted a saber las que son, todas injustificales, ha acabado con la vida de su abuelo, de otros adultos que esperaban tener un día tranquilo, y con la de otros compañeros escolares, porque el Hitler de turno, según le nombran, quizá se haya considerado un dios pagano capaz de disponer de la vida de los demás como si fuera la suya que, por lo visto, para él no valía nada. Y por eso se la quitó también, salió de la vida por la puerta falsa.

DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 4


4. El Dios de la lluvia no ha llorado sobre Lorca en Semana Santa
Parece ser que el paréntesis con motivo de la Semana Santa, en el que he recobrado mi silencio mientras pensaba en azul, ha sido pródigo en hechos que pasarán a los anales de los Pasos. Lo mejor ha sido que las procesiones han salido, los turistas se han ido contentos y que todo ha funcionado según se había previsto. El Casino de Lorca es el que ha salido perdiendo porque se ha ido un socio que ha llenado una época y llevado a cabo iniciativas interesantes. Morlanes será recordado hasta que la muerte nos reúna en la otra vida, por un suponer. El problema queda ahora para sus directivos pues deben crear unas espectativas que son necesarias para el Casino, lugar de ocio, que debe ser eso y más. A trabajar, pues. Como trabaja incansable Juan Pedro Quiñonero, totanero él, que donó parte de su biblioteca al Ayuntamiento de esta ciudad y no acaba de llegar. El caballero, la muñeca y el tesoro es su última novela, de la que ya di cuenta la primera vez que escribí debajo de la hoja de la lechuga. La he leído dos veces para informar mejor, pero otra vez será. Hoy sólo voy a hacerles llegar unas palabras suyas, en las que manifiesta su intención: Buscar un estilo que luche contra la basura “literaria” que se vende en los supermercados. Inventar personajes de ilusión para combatir la tiranía de la “actualidad”, la historia y el mal gusto. Reafirmar la experiencia del proscrito que aspira a revocar la historia e inventar un mundo nuevo, que pasa por la cultura. Crear seres imaginarios, a semejanza de Arturo o el Cid, los héroes de tantas novelas y películas, condenados al destierro, para combatir a su lado contra las cosas desalmadas de la técnica y la tiranía de los Titanes jünguerianos. Intentar ayudar a los últimos libres, proponiéndoles el programa de Lawrence (el de Los Siete pilares): “Hay dos clases de hombres. Unos sueñan, y cuando despiertan creen que todo fue un sueño. Hay otros que sueñan despiertos. Y estos son los más peligrosos. Porque son capaces de hacer realidad sus sueños”. No tiene desperdicio su programa: http://www.unatemporadaenelinfierno.blogs.com/ es la página web a consultar para saber más sobre el personaje y su cruzada. De nada. Ya se ha empezado a indagar sobre la hoja de la lechuga. Fijo que de la canción infantil el corro de la hoja de la lechuga no procede el título genérico de estos artículos, ni obviamente del precio que tiene –la lecguga, no el artículo–, sino de una copla cuyo título pronto desvelaré, es decir, cuando encuentre la cinta –en ella estaba– con la que me obsequió Helga Hediger, a la que deseo su regreso a la dirección de AEPE porque, sin ella, es otra cosa. Por lo menos es una amiga de Lorca en Münchenstein (Suiza) con la que nos vemos Carmen y yo una vez al año, desde que celebraron aquí su congreso, en la ciudad española que eligen. Este año será Valladolid, el anterior Segovia. En Alcalá de Henares no estuve. Ahora vamos por lo del Quijote. Antes se nos obligaba a leerlo y eso parecía mal, por lo que la lectura de los clásicos se sustituyó por la llamada literatura infantil. Ahora se hace una ruta por los lugares cervantinos y de paso se compra un Quijote que, si vale un euro, tiene la letra muy pequeña. Así que, también en Lorca, tenemos un sugestivo programa de actos en torno al caballero de la triste figura que comenzará dentro de casi nada, es decir, a comienzo de abril, el de las aguas mil, por lo que habré de buscarme cobijo más seguro que el de una lechuga, si el Dios de la lluvia decide llorar sobre Lorca en el mes que aparece tras la última hoja… de marzo. Entre el sí y el no, indeciso he estado y remolón en la elección, porque, tras casi dos meses de no quitarme las lanas, tenía que buscar un nuevo peluquero: mi desdichado Juan ha sufrido un accidente que lo va a tener en el dique seco al menos seis meses. Me cuesta tanto cambiar de peluquero como mudar de Dios, que a este ya estoy acostumbrado. Al menos ya sabía –Juan, no Dios– lo que tenía que hacer conmigo. No echarme mucha agua al pelo porque soy de secano. Pero con el nuevo tampoco me va mal, porque tiene otros detalles y un cabello llamativo. Como la primavera recién levantada, desperezándose. Así que, encantado con los días que me va concediendo la clepsidra, me siento ufano de ver cómo casi voy cumpliendo con mis compromisos. A ello me anima saber que la hoja de mi lechuga ha lugar en un rincón cultural.