DEBAJO DE LA HOJA DE LA LECHUGA 7

7. Entre verbena y perejil, lechuga
Me recomendó Helga Hediger hace ya bastante tiempo que adquiriera un CD de Diana Navarro. Como mi cabeza es un Musso, se me olvidó. Mas ella me dio, tampoco recuerdo cuándo, una cinta con las canciones cuya interpretación quería que disfrutara. Se titula Homenaje a Federico García Lorca, cuyo hálito romántico aún se mueve por la Europa que nos quitará las corridas de toros y otras comedias bárbaras –según ellos, que a mí me parecen costumbre típicas– que por sí solas se irán al garete, que no hace falta ayuda foránea para que las cosas desaparezcan. Dentro de nada, ser localista tendrá chance porque, en caso contrario, el hecho diferencial se irá al carajo y alguien tendrá que conservar nuestras raíces históricas y familiares. Pues bien, Diana Navarro canta el Zorongo gitano, Los mozos de Monleón, La morillas de Jaén, El Café de Chinitas, es decir, las conocidas que aparecen en las Obras Completas de García Lorca.
Me recomendó Helga Hediger hace ya bastante tiempo que adquiriera un CD de Diana Navarro. Como mi cabeza es un Musso, se me olvidó. Mas ella me dio, tampoco recuerdo cuándo, una cinta con las canciones cuya interpretación quería que disfrutara. Se titula Homenaje a Federico García Lorca, cuyo hálito romántico aún se mueve por la Europa que nos quitará las corridas de toros y otras comedias bárbaras –según ellos, que a mí me parecen costumbre típicas– que por sí solas se irán al garete, que no hace falta ayuda foránea para que las cosas desaparezcan. Dentro de nada, ser localista tendrá chance porque, en caso contrario, el hecho diferencial se irá al carajo y alguien tendrá que conservar nuestras raíces históricas y familiares. Pues bien, Diana Navarro canta el Zorongo gitano, Los mozos de Monleón, La morillas de Jaén, El Café de Chinitas, es decir, las conocidas que aparecen en las Obras Completas de García Lorca.
Y allí están también Las tres hojas:
Debajo de la hoja
de la verbena,
tengo a mi amante malo,
¡Jesús, qué pena!
Debajo de la hoja
de la lechuga,
tengo a mi amante malo
con calentura.
Debajo de la hoja
del perejil,
tengo a mi amante malo,
no puedo ir.
Así que, cuando me llamaron del Arco Mediterráneo, como quise que la cosa fuese irónica y por si alguna vez pasaba calentura crítica o me daban un repaso, crítico también, por verter alguna opinión dolorosa, me refugié debajo de la hoja de la lechuga. A más de uno le hubiera gustado estar el otro día en la redacción o lo que sea de este arco sin triunfo aún que llevarse al sitio. María José haciéndome fotos hasta que encontró mi lado más chic, es decir, con el que salgo en esta columna; la cinta a todo trapo con la Diana Navarro dale que te pego una y otra vez hasta que se aprendieron los presentes la hoja de la lechuga, música y letra; cada uno haciendo al mismo tiempo lo suyo; cinco ordenadores encendidos; alguien que quería comprarse un chalet en Marchena y yo deseando acabar para venirme a Calabardina. Pero así está esto. En el mismo momento en el que las cosas se masifican, pierden su encanto. Como pierden su compostura algunas casas porque las vallas que deben ocultarlas de miradas inoportunas han sido alcanzadas por el graffiti insultante de ahora, que no el hip hop. Calabardina ya no es lo que era. Hasta la cerveza está más cara que en Lorca. Pero bueno. También ha subido la gasolina. Y se nota, aunque, en parte, me conviene. Me quedo en la playa y así gasto menos combustible yendo a la Lorca internacional que “semos”.
Me han invitado a dar una conferencia en un curso sobre Eliodoro Puche, poeta maldito. Eso de medir a un poeta por los litros de vino que se ha bebido en lugar de por su calidad literaria tiene su no sé qué: puedo analizar su hígado en lugar de su spleen u otros temas literarios; detenerme en el aliento alcohólico del poeta en lugar de analizar el hálito poético que le hacía escribir bellos poemas; decir que era un energúmeno, grosero, asqueroso, mal vestido, o sea, cuanto se le atribuye al maldito, en lugar de anunciar que he hallado inspiración, sentido poético y rasgos humanos en sus poemas. De todos modos, lo que diga no va a servir de nada. Me gustaría más que Eliodoro entrase en la literatura por la puerta de su calidad poética que por la de una taberna. Claro que así comenzó con él Cansinos Assens, a pesar de El movimiento V. P., y tampoco le anduvo a la zaga César González Ruano, quien le hizo pasar a la eternidad con el calzoncillo asomado por la cintura del pantalón, entre ambos creadores de la leyenda. Posiblemente, antes de iniciar mi intervención, me tomo un cubata y que salga el sol por donde quiera, Antequera. Entonces hablaré del mito de la ciudad muerta y otros motivos en la poesía de Eliodoro Puche. Y seré abucheado. Pero nadie sabrá que después seguiré con las dosis y, ya Eliodoro –o sea, beodo– , me diré maldito seas. Así será más fácil que llegue a ser una hoja de lechuga.
Debajo de la hoja
de la verbena,
tengo a mi amante malo,
¡Jesús, qué pena!
Debajo de la hoja
de la lechuga,
tengo a mi amante malo
con calentura.
Debajo de la hoja
del perejil,
tengo a mi amante malo,
no puedo ir.
Así que, cuando me llamaron del Arco Mediterráneo, como quise que la cosa fuese irónica y por si alguna vez pasaba calentura crítica o me daban un repaso, crítico también, por verter alguna opinión dolorosa, me refugié debajo de la hoja de la lechuga. A más de uno le hubiera gustado estar el otro día en la redacción o lo que sea de este arco sin triunfo aún que llevarse al sitio. María José haciéndome fotos hasta que encontró mi lado más chic, es decir, con el que salgo en esta columna; la cinta a todo trapo con la Diana Navarro dale que te pego una y otra vez hasta que se aprendieron los presentes la hoja de la lechuga, música y letra; cada uno haciendo al mismo tiempo lo suyo; cinco ordenadores encendidos; alguien que quería comprarse un chalet en Marchena y yo deseando acabar para venirme a Calabardina. Pero así está esto. En el mismo momento en el que las cosas se masifican, pierden su encanto. Como pierden su compostura algunas casas porque las vallas que deben ocultarlas de miradas inoportunas han sido alcanzadas por el graffiti insultante de ahora, que no el hip hop. Calabardina ya no es lo que era. Hasta la cerveza está más cara que en Lorca. Pero bueno. También ha subido la gasolina. Y se nota, aunque, en parte, me conviene. Me quedo en la playa y así gasto menos combustible yendo a la Lorca internacional que “semos”.
Me han invitado a dar una conferencia en un curso sobre Eliodoro Puche, poeta maldito. Eso de medir a un poeta por los litros de vino que se ha bebido en lugar de por su calidad literaria tiene su no sé qué: puedo analizar su hígado en lugar de su spleen u otros temas literarios; detenerme en el aliento alcohólico del poeta en lugar de analizar el hálito poético que le hacía escribir bellos poemas; decir que era un energúmeno, grosero, asqueroso, mal vestido, o sea, cuanto se le atribuye al maldito, en lugar de anunciar que he hallado inspiración, sentido poético y rasgos humanos en sus poemas. De todos modos, lo que diga no va a servir de nada. Me gustaría más que Eliodoro entrase en la literatura por la puerta de su calidad poética que por la de una taberna. Claro que así comenzó con él Cansinos Assens, a pesar de El movimiento V. P., y tampoco le anduvo a la zaga César González Ruano, quien le hizo pasar a la eternidad con el calzoncillo asomado por la cintura del pantalón, entre ambos creadores de la leyenda. Posiblemente, antes de iniciar mi intervención, me tomo un cubata y que salga el sol por donde quiera, Antequera. Entonces hablaré del mito de la ciudad muerta y otros motivos en la poesía de Eliodoro Puche. Y seré abucheado. Pero nadie sabrá que después seguiré con las dosis y, ya Eliodoro –o sea, beodo– , me diré maldito seas. Así será más fácil que llegue a ser una hoja de lechuga.



